Nuria Marín

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Lunes 19 Octubre, 2009


Creciendo [email protected]
Se nos quebró el cántaro

El pasado miércoles me pasó lo del cuento/fábula de La Lechera (Esopo, Don Juan Manuel). Por 89 emocionantes minutos, y como el resto de los costarricenses, creé hermosos castillos en el aire ante la inminencia de tener un pie en el tan deseado campeonato mundial de fútbol, Sudáfrica 2010.
Conforme se desarrollaba el partido y disfrutaba de las emociones, mi responsable mente consciente del límite de entrega de mi columna semanal, ya esbozaba las primeras pinceladas de lo que sería una columna triunfal.
Comenzaba con un reconocimiento para aquellos que habían tomado la decisión de cambiar el director técnico a pocas fechas de concluir la fase eliminatoria. Esta es siempre una decisión riesgosa, pero parecía haber funcionado. Igualmente, la nueva imprudencia del Tuma parecía no tener mayores consecuencias.
Seguía con una reflexión ante la garra, coraje y cambio de actitud de los jugadores piedra angular del cambio de 180 grados de la tricolor en los últimos dos encuentros, vivo ejemplo de que además de la preparación física es necesario poner alma, vida y corazón en la cancha.
Igualmente importante, reconocer el ejemplo que para la selección mayor había representado el brillante desempeño de la Sub-20 el día anterior en Egipto, quienes con su participación en las semifinales nos regalaron una importante inyección de optimismo y autoestima nacional que nos puso nuevamente a soñar.
Gracias a la tan ansiada clasificación y a la amplia cobertura de medios tendríamos la oportunidad de vivir junto a la tricolor un interesante viaje a lejanas ciudades como Pretoria o Ciudad del Cabo.
Como invitados de honor disfrutaríamos en primera fila la tierra de Nelson Mandela, rica y exótica por su diversidad cultural, variedad de idiomas y creencias religiosas, así como por sus extraordinarios pasos hacia la unión y reconciliación nacional post-apartheid.
Tuve la presencia de ánimo de partir hacia mi casa anticipadamente con el fin de evitar las típicas presas producto de las celebraciones circundantes a la fuente de la Hispanidad, y poder disponer de tiempo holgado para plasmar en blanco y nuevo el sentido júbilo nacional.
Oreja pegada a una radio que hacía eco de mis crecientes palpitaciones, frente a un semáforo que al igual que el partido parecía estancado en unos interminables 49 minutos, no podía comprender cómo en un segundo nuestro anticipado y saboreado pase al Mundial se hacía trizas como el cántaro de La Lechera, luego de un odioso cabezazo.
Es terrible la lección aprendida. El 2 a 0 nos convirtió en nuevas víctimas de esa sabia frase de Baltasar Gracián, “la confianza es la madre del descuido.” Sin embargo, lo importante es que aunque difícil, no todo está perdido.
Nos restan 90 minutos. Como el ave fénix, aún es posible recomponer filas en el repechaje y recuperar nuestro sueño común de ir a Sudáfrica. ¡Vamos ticos, sí se puede!