Vilma Ibarra

Vilma Ibarra

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Miércoles 28 Mayo, 2014

El peor sabor de boca que nos deja esta huelga es la invaluable cantidad de horas preciosas perdidas en la educación de las niñas, los niños y los adolescentes


Hablando Claro

Sabor amargo

Al momento de escribir estas líneas aún no se ha levantado el movimiento huelguístico magisterial que aprovecha con marea a favor pero ya con menos ímpetu, navegar en el curso de su intransigencia por la cuarta semana, con la determinación de cerciorarse de que se les pagara completa la segunda quincena de mayo.
Segunda quincena no trabajada (por decisión voluntaria unos y por imposición de dar clases otros), pese a que los problemas de pago por la migración del antiguo SEGRH del MEP al moderno Integra2 de Hacienda, solo afectó en la primera quincena de abril al 2,5% de los 76 mil educadores, y se resolvió desde el 12 de mayo.
La huelga, que se ha mantenido fuerte por el peso innegable que constituye la defensa del derecho al salario como eje de movilización, así como por la capacidad de inversión de recursos (sería bueno saber cuánto ha costado la inmensa logística) también fue alentada por otros factores.
No queda duda que el mayor impulso al movimiento lo propinó el propio Presidente de la República no solo al avalarlo, sino también al cerrar la opción de declaratoria de ilegalidad y hasta la posibilidad de que la policía abriera carriles de emergencia en las marchas que bloquearon el libre tránsito.
No faltaron medios de comunicación que abierta o solapadamente alentaron la huelga, aunque se echaron para atrás cuando por fin captaron el despropósito de una paralización que tenía intereses ocultos y que —por más que se insista en lo contrario— no podía lograr como resultado que se resolviera el pago de abril antes de la fecha inicialmente prevista por el mismo MEP (primera quincena de mayo).
El Gobierno se encontró con una brasa en sus manos. Y al atizarla —seguro imbuido de convicción y buena fe— pero con gran impericia política, tuvo que quemar su primera nave. Claro que el capital político es muy sustancioso y hay flota naval para mucho, de modo que la huelga no lo hincó. Pero sí logró darle un golpe. Delimitarle la cancha. Porque terminó aflojando en todo frente a los sindicatos, que podrían ahora verse un poco mal ante la opinión pública, pero que salen fortalecidos a lo interno, que es al final de cuentas lo que siempre buscaron, en la lucha que llevan adelante por el incremento de sus afiliaciones.
¿Cómo se traducirá esto en futuras luchas? No lo sabemos. Pero sin duda, el complejo proceso de negociación del presupuesto de la educación superior que tendrá que enfrentar dentro de poco la Ministra de Educación y el incremento salarial del segundo semestre que medirá al Ministro de Trabajo, no parecieran presagiar buenos augurios, particularmente porque ya estamos todos avisados que —ni quisiera a un gobierno tan ampliamente legitimado— están los grupos de presión dispuestos a darle un mínimo compás de espera.
Con todo, el peor sabor de boca que nos deja esta huelga es la invaluable cantidad de horas preciosas perdidas en la educación de las niñas, los niños y los adolescentes del sistema público del país. La brecha continúa ensanchándose.

Vilma Ibarra