Vladimir de la Cruz

Vladimir de la Cruz

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Miércoles 15 Abril, 2015

Pizarrón

Rasputín y Melvin

La Corte del Zar de Rusia, en vísperas de la Revolución Rusa, y desde unos años antes, tenía como uno de sus principales asesores y consejeros un monje, un místico, de tradición religiosa ortodoxa, no católica, que en algún momento perteneció a una de las sectas ortodoxas llamada “los flagelantes”, que eran partidarios de llegar a la fe verdadera a base del dolor, llamado Rasputín.
Sin que haya una revolución a la vista, pero con gran malestar popular con el Gobierno, con la Corte presidencial costarricense como pareciera manifestarse en algunos de sus rasgos, perdón con el Presidente y su Consejo de Gobierno, que tiene a la par un triunvirato que rodea muy de cerca al Presidente de la República, que pareciera tenerlo “secuestrado” o “blindado”, incluso ante sus compañeros de Gabinete, y que entre sus miembros, tiene un “consejero directo todopoderoso”, capaz de ofrecer puestos de embajador, al margen del Presidente y del Canciller, o sobre ellos, el cual tiene muy mala relación con los sectores políticos, empresariales y sociales con que el Gobierno debe relacionarse.
Es algo parecido al Rasputín ruso, cuestionado por la nobleza nacional y los círculos cercanos a la Corte —zapoteña, en este caso— presidencial, llamado Melvin, también religioso, más que un monje, un obispo, que sin ser de los “flagelantes” actúa de igual manera produciéndole al Presidente el dolor de sus actuaciones bajo promesa eclesiástica, probablemente, de mostrarle su “Gran Cambio” en el ejercicio del poder, y “flagelando” con sus actos, acciones y omisiones, al Presidente mismo, y a los votantes y no votantes del actual grupo gobernante.
Rasputín no era violento, tenía cierta sociabilidad, carisma personal, mirada fija y penetrante, cabello castaño, fácil palabra, recriminaba a los nobles, aspectos que se me asemejan al del obispo ministro, que seguramente como Rasputín considera “que el reino de Dios está entre nosotros”.
El ministro obispo Melvin, como Rasputín, se hizo controvertible, para unos sectores por pertenecer a una iglesia minúscula en el conglomerado nacional, a otros, constitucionalistas, por su condición de obispo ocupando un puesto que la Constitución prohíbe, y a la mayoría de sectores políticos, económicos y sociales por sus actos, que son como orgiásticas “metidas de patas” a cada rato.
Rasputín hacía ciertas orgías con miembros de la Corte, “como camino a Dios”. Las decisiones del Zar y de miembros de la Corte rusa pasaban por su supervisión. En la Corte de Zapote, una Z los une, todo, se dice, pasa por las manos del obispo ministro.
Rasputín designaba a muchos altos funcionarios del Gobierno aunque no fueran competentes. En Zapote la competencia no se discute, altos y reconocidos funcionarios académicos y universitarios tiene. Aquí ya se sabe públicamente quien recomienda y ofrece puestos.
Rasputín ejerció control en el gobierno. Su profunda influencia en la Corte imperial escandalizaba a la opinión pública. Aquí también escandaliza cada vez más la actuación del obispo ministro. Cuando Rasputín nombraba y decidía, manifestaba: “Antes de que podamos arrepentirnos, tenemos que pecar”.
Viendo el destino de Rusia, dijo verlo “envuelto en una nube negra e inmersa en un profundo y doloroso mar de lágrimas”. Ojalá no sea este el destino que el alto funcionario de Zapote quiere para Costa Rica.

Vladimir de la Cruz