Vilma Ibarra

Vilma Ibarra

Enviar
Miércoles 12 Agosto, 2009


 Hablando Claro
Por un mundo mejor

En países como Sudán, cuando una niña, una jovencita o una mujer de cualquier edad es violada, debe vivir el resto de su existencia con un sentimiento de vergüenza inimaginable. La violación equivale a una muerte en vida porque implica la pérdida de su honor y el de toda su familia. Por supuesto habrá perdido casi todas las posibilidades de llegar al matrimonio, excepto porque algún hombre mayor decida tomarla para sí. Como un objeto de segunda mano.
La violación sexual en Sudán y en cualquier parte del mundo, es una de las violaciones a los derechos humanos más abominables y, como todos sabemos, es incluso utilizada como una de las armas de guerra más destructivas que se conocen.
Por supuesto, solo pensar en esto nos sobrecoge en una mezcla de sentimientos de ira y dolor que pugnan por salírsenos de la boca en gritos de protesta. Porque todas merecemos dignidad. Pero ciertamente nos sentimos con poca o ninguna capacidad para aportar acaso un granito de arena en la batalla por desterrar algún día esas armas de destrucción letal que son las agresiones sexuales en sus diversas manifestaciones.

Sin embargo, en la vida de los pueblos aparecen de vez en cuando estandartes de manifiesto de las mejores luchas. Artífices de lo imposible, que se levantan de sus propias cenizas y sin gritar logran hacerse oír a miles y miles de kilómetros de distancia por la tierra, el aire y el mar, clamando por la propia liberación plena y tal vez, sin proponérselo, por la de todas las niñas, las adolescentes y mujeres de cualquier edad que, en su misma condición, fueron despojadas del control de su cuerpo. Ese es el caso de María Laura.

Las palabras se me hacen diminutas para externarle a esta mujer grandiosa y valiente (de la misma edad y el mismo nombre que la amada madre de mi nieto Matías) mi profundo sentido de respeto y admiración por su proeza. Porque reconstruyendo la vida que le fue arrebatada hace cuatro años, está dando una batalla que ha logrado ponernos a reflexionar y actuar en común en defensa de la protección inclaudicable de los derechos humanos de todas las mujeres. Aquí en Costa Rica y también en Sudán.
Gracias María Laura por tus agallas.
Con todo mi amor y mi respeto de madre, abuelita y ciudadana del mundo.