Vilma Ibarra

Vilma Ibarra

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Miércoles 17 Marzo, 2010


Hablando Claro
Por el veto (técnico y político)

Por tercera vez. La ley de Tránsito, en cualquiera de sus confusiones (digo, versiones) es insostenible y por una vía u otra debe ser vetada, para poder rescatar no solo la coherencia y los criterios de proporcionalidad y razonabilidad que se esperan de cualquier cuerpo normativo sino muy especialmente la credibilidad que debe tener para ser un instrumento que ayude eficaz y efectivamente a mejorar la convivencia social. Porque para eso son las leyes.
No habrá otra manera de resolver este desaguisado alrededor del cual todos estamos dando vueltas sin sentido (incluyendo la inevitable confusión periodística) en torno a una legislación que nadie logra asimilar porque varía sin variar de una semana a otra. La prueba fehaciente de ello es que tras el anuncio de hace ocho días respecto de la votación para flexibilizar las multas, desaparecieron como por arte de magia las colas de conductores irresponsables que andan por aquí y allá con la licencia vencida. Como si eso no fuera revelador, en la última semana asistimos al deplorable espectáculo de ebriedad del jerarca de la Bolsa Nacional de Valores y al atroz asesinato el domingo por la mañana de Carlos Lang en la Florencio del Castillo. Dos vidas truncadas por el alcohol y la ebriedad al volante. Porque el domingo murió físicamente Carlos Lang víctima inocente de este flagelo social, pero murió también su verdugo, Alberto Rivera, estrellado hoy contra la realidad de la frías rejas que lo separan de la sociedad que lo incrimina. Dos proyectos de vida destruidos. Dos familias acabadas por el dolor.


Al calor de la dolorosa circunstancia los diputados rechazan ser los responsables. Pero no es tan fácil. Aunque ciertamente los responsables somos todos porque abonamos durante años esta execrable incultura del guaro que generación tras generación nos embriaga, los diputados deben aceptar que con sus idas y venidas, con sus palos de ciego, respecto especialmente de la última fase de la tramitación de esta ley, han enviado mensajes de laxitud inadmisibles para una sociedad que requiere sanciones sin miramientos y fortísimos correctivos para recuperar la paz perdida en las carreteras.
La presidenta electa ha dicho que estaría en contra de un veto a lo que quedara de la Ley de Tránsito porque —en pocas palabras— esta ley es menos mala que la que teníamos antes. Eso es cierto. Pero vetarla desde el Ejecutivo no significaría necesariamente vetarla toda y tampoco implicaría volver a antes de diciembre de 2008 o quedarnos sin nada. Significaría eso sí, enviar una clara señal de correctivo profundo para poner las cosas en el lugar que deben ser colocadas. Pero tal vez el veto del Ejecutivo (el actual o el que vendrá) no sea necesario. Porque los diputados deberían actuar con muchísima humildad hoy mismo, acogiendo el dictamen del departamento de servicios técnicos de la Asamblea Legislativa que determinó claros vacíos, incoherencias e inconstitucionalidades en el ornitorrinco de ley que se pretendió reformar en los últimos días. Sería una especie de auto veto (técnico y político). Hay que empezar nuevamente el camino. Por donde quiera que uno lo vea. Es lo mejor. Mientras tanto, que nadie lo olvide: siguen vigentes las multas altas.