Federico Malavassi

Federico Malavassi

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Jueves 9 Abril, 2015

La ambición es un pecado capital, pero no menor que la envidia y el deseo por lo ajeno


¿Pobreza o desigualdad?

La aspiración de la igualdad entre todos los seres humanos es un antiguo deseo de muchos. Ha sido posible en algunas circunstancias: la muerte, la desdicha, la explotación, la esclavitud, la ignorancia, la limitación, la pobreza.
El tema es que los seres humanos no somos iguales, tenemos demasiadas diferencias.
Setenta y dos años de brutal Revolución Rusa no pudieron imponer la deseada igualdad, salvo para quienes fueron criminalmente masacrados. Más bien aparecieron nuevas formas de dominio y abuso: la nomenklatura, la mentira, la exportación de la revolución, la manipulación de la ciencia, el culto a la personalidad y el asesinato de pueblos enteros.
En la China continental tampoco pudieron imponer la buscada igualdad. Ahora China se convierte en una potencia mundial precisamente por volver los ojos a otras partes. De paso, muchas generaciones se perdieron en la inalcanzada quimera.
Y así podemos seguir. El que seamos iguales en derechos, dignidad, libertad, responsabilidad, en ciudadanía, deberes y ante la justicia, no nos convierte en seres iguales en todo los demás.
El meollo del asunto es que a muchos políticos les queda bien vender la tesis de que a través del Estado se logrará la igualdad. El resto es cosa vista y sabida: resulta fácil vender la idea de que la desigualdad se logra quitando a unos lo que quieren otros (el lecho de Procusto) y proponiendo leyes y normas que impidan a algunos ser y tener más, hasta que la sociedad se consuma en la igualdad de la pobreza y la postración.
El tema, por lo demás, afecta la sensibilidad de muchos. La ambición es un pecado capital, pero no menor que la envidia y el deseo por lo ajeno. Personalmente prefiero al que se alegra más por el bien propio que por el mal ajeno. En la historia queda evidente que muchos envidian incluso la santidad ajena.
Bastaría repasar la parábola de los talentos para entender la responsabilidad de impulsar las habilidades y potencialidades de cada cual. Ello constituiría un motor importante en las sociedades.
En tal impulso la mayoría debería tener la posibilidad de sacar adelante sus responsabilidades y su vida, la responsabilidad de desarrollar sus talentos y la gran contribución social de proveer para sí mismo, para los suyos y para los demás.
Sería genial promover sociedades de triunfadores. ¿Que no todos lo lograrán? Ese es otro tema. Habrá oportunidades, habrá empleos, habrá iniciativa y, por supuesto, la gestión pública tendrá abundantes recursos y potencialidades.
El problema surge cuando el político quiere arbitrar el proceso, cuando se promueve la ideología de la envidia, cuando se desdeñan el trabajo y la habilidad y se estanca la sociedad en la idea de que es mejor la pobreza que la desigualdad.

Federico Malavassi