Nuria Marín

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Lunes 26 Mayo, 2008

Petróleo
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Nuria Marín

Hablar de petróleo es preocuparse ante los crecientes precios, su impacto en la economía y desde luego, cómo nos afecta de manera casi diaria las finanzas personales.
El petróleo comprende otro matiz, pocas veces considerado, el convertirse para los países exportadores en un factor detonante de conflictos y, paradójicamente, de problemas económicos especialmente (pero no exclusivamente) en países en vías de desarrollo.
En la revista Foreign Affairs (Mayo-Junio 08), Michael L. Ross profesor de la Universidad de California, ilustra cómo el petróleo puede ser una “maldición” para estos países al convertirse en fuente de inestabilidad económica, proveer recursos a las insurgencias y fomentar movimientos separatistas. Menciona como ejemplos: Sudán, Kazajistán, Algeria, Venezuela, Nigeria, Rusia, y algunos países del Golfo Pérsico.
La inestabilidad económica puede ser provocada (como sucedió en Holanda en los años 60 con motivo de hallazgos de gas) por el incremento en las exportaciones, lo que presiona la moneda (apreciación) restando competitividad a otros productos. Como resultado la actividad económica se deprime y se genera un vicioso círculo de creciente dependencia a las exportaciones del petróleo que debilita aún más la economía.
Muchos gobiernos no aprovechan los años de vacas gordas y despilfarran sin criterio de mediano y largo plazo los dividendos de la factura petrolera. Crecen la burocracia, las ineficiencias y la corrupción. Líderes invierten en su imagen, en consolidar su poder interno con dádivas o utilizan los recursos en su proyección política regional aunque hipotequen el futuro de las nuevas generaciones. Es triste que la bonanza petrolera de los 70, no impidió que 30 años después (2005) la mitad de los miembros de la OPEP fueran más pobres.
A ello se agrega el que muchas veces los gobiernos centrales acaparan los beneficios sin llevar bienestar ni desarrollo económico a las zonas en donde se explota el petróleo, lo que genera resentimiento y el deseo por mayores niveles de autonomía.
La experiencia muestra que los países en vías de desarrollo con fuentes de gas y petróleo tienen el doble de posibilidades de caer en un conflicto armado que puede ir de pequeños movimientos separatistas (Delta del Níger y sur de Tailandia) a guerras civiles (Algeria y Sudán).
Pese a los esfuerzos por reducir emisiones de gases ante el cambio climático, la demanda por el petróleo continúa alimentada por el voraz crecimiento de China e India, entre otros, y las fuentes alternativas son insuficientes. En la búsqueda de los países por asegurar el vital líquido podrían generarse nuevas espirales de violencia, tendencia a la que se suma la efervescencia por hambre ante la escasez de alimentos, que es también un subproducto del uso del petróleo.
No hay respuestas sencillas. Nos encontramos quizás ante el mayor reto a la paz de nuestros tiempos. Frente a ello, la Comunidad Internacional debe actuar de manera decidida y urgente.


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