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Perder o ganar

Ningún equipo o persona es un sistema cerrado; por lo tanto, está expuesto a la insuficiencia de criterio, de discernimiento y de respeto de terceros que propagan información falsa que causa daños severos a su reputación y desempeño. Los que cometen ese delito tienen dos justificaciones: mala intención o ignorancia; dejando a los afectados las opciones de perder o ganar ante el impacto de esa injusticia.
La mala intención puede originarse en la envidia, el odio, el resentimiento y a la práctica de un “deporte” llamado “serruchar el piso.” En él, si no se tiene una explicación inteligente o creíble de un suceso, se vale –según sus practicantes- difundir juicios infundados, información no confirmada, descalificaciones sin argumentos, y hasta inculpar a miembros de un equipo por errores o fracasos para socavar su credibilidad y status.
La ignorancia es una grave enfermedad. Quienes la padecen son capaces de actuar según lo peor de sus instintos pues no han desarrollado la inteligencia para pensar antes de actuar ni para reflexionar sobre la validez de sus palabras. Con tal de ser protagonistas y aparentar “conocer” lo que pasa, no les importa causar daños a la reputación de una persona o equipo.
Los malintencionados y los ignorantes, tratan de limpiar la suciedad de sus pensamientos en algo o alguien que esté limpio, ya que así se sienten aliviados... temporalmente. A sus carencias se deben muchos de los males que padece una sociedad.
Los afectados tienen entonces dos opciones: ganar o perder ante sus detractores. Ganan quienes no se doblegan ante esas bajezas y siguen caminando porque saben que así el mal y los obstáculos van quedando atrás. Ellos se apegan a sus valores y así nutren la fuerza de su conciencia. Ganan porque comprenden que enfadarse es un desgaste de energía.
Pierden quienes no entienden que los enemigos más peligrosos no son los que hacen daño sino las reacciones hacia lo que ellos hacen o dicen. Una mala respuesta nos coloca en el mismo nivel de quienes viven prisioneros de sus frustraciones. Pierden los que se concentran en pensar en el mal recibido, pues eso les encadena a la ira de los demás y a vivir en un estado de intranquilidad.
Según un pensamiento oriental, los hábitos de hacer conjeturas sobre otros son como leones feroces, por lo tanto, no debemos permitir que corran salvajemente entre nosotros; debemos ser más fuertes que ellos y no darles demasiada importancia. Por eso es que ganan quienes comprenden que muchas veces de un grano de arena se crea una montaña, y que si queremos proteger nuestra dignidad y paz interior, debemos convertir la montaña en un pequeño grano de arena.

German Retana
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