Claudia Barrionuevo

Claudia Barrionuevo

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Lunes 13 Mayo, 2013

El 14 de abril murió Marcella Pattyn (92 años). Era la última representante de uno de los movimientos más relevantes de la historia de la libertad femenina


Columnista

Para la libertad

No es fácil ser libres. Para nadie. Hay pueblos que han sido perseguidos siempre. Y aún lo son. A las mujeres de todas las culturas les ha costado muchos siglos de luchas obtener un pedacito de libertad. En algunas sociedades las féminas han avanzado, en otras casi nada.
María Elena Walsh, la célebre compositora argentina, en su canción “Orquesta de señoritas” afirmaba: quien no fue mujer ni trabajador piensa que el de ayer fue un tiempo mejor. Tenía razón.


En los años 70 una excelente campaña de publicidad nos incitaba a fumar a las mujeres evocando la larga trayectoria feminista: “Has recorrido un largo camino, muchacha”, rezaba el slogan de Virginia Slims. Nos vendían libertad con filtro. Hoy nadie es libre de fumar.
El encierro era lo de menos para las mujeres que fueron enviadas a los Asilos de las Magdalenas. Estas instituciones surgieron en el Reino Unido e Irlanda en el siglo XIX con el objetivo de que las mujeres llamadas caídas o inmorales se corrigieran. Sus carceleras, las Hermanas de la Misericordia, (o de la Ironía pues carecían de compasión) las torturaban a diario: no solo las obligaban a cumplir con el voto de silencio, las exponían a los trabajos físicos más duros y las castigaban corporalmente.
Cuando en 1993 las últimas reclusas dieron testimonio sobre los maltratos recibidos, estalló el escándalo y los asilos fueron cerrados. Peter Mullan retrata con crudeza la vida de estas mujeres en la excelente y galardonada película “Las hermanas de la Magdalena”.
Al contrario que las Magdalenas, las beguinas encontraron la libertad.
En la Edad Media luego de dos siglos de guerras la población masculina disminuyó considerablemente. No se conseguían esposos y los conventos estaban sobrepoblados. Las mujeres debían encontrar una forma de sobrevivir que no fuera el matrimonio ni el convento.
Así surgió, en lo que hoy es Bélgica, la asociación de las beguinas, mujeres que se dedicaban, por voluntad propia, a orar y servir. Cuidaban niños, ancianos y enfermos. Eran libres de dejar la asociación cuando quisieran y gran parte de su tiempo lo dedicaban a la música, la pintura y la literatura. En el siglo XII las asociaciones se multiplicaron por varios países cercanos.
Precursoras feministas, mujeres libres de padres y maridos, las beguinas recibían herencias y donaciones que les permitieron multiplicarse por Europa central durante el siglo XII. Que recibieran dinero que la Iglesia consideraba merecer, que no tuvieran reglas ni amos, que se dedicaran a labores intelectuales, las hizo víctimas de persecución. Fueron señaladas como brujas, algunas fueron quemadas vivas y les arrebataron su libertad económica y social. Sobrevivieron unas pocas casas y en la ciudad de Cortrique en Bélgica se concentró la mayor comunidad de beguinas.
Allí, el 14 de abril murió Marcella Pattyn. Tenía 92 años y era la última representante de uno de los movimientos más relevantes de la historia de la libertad femenina.

Claudia Barrionuevo

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