Vilma Ibarra

Vilma Ibarra

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Miércoles 3 Noviembre, 2010


Hablando Claro
¡Otra vez el río!

Por estos días me repito. Imposible no hacerlo si se trata del San Juan. No importa cuánta agua pase por el cauce siempre que sea posible se repetirá el conflicto con un matiz u otro, pero siempre para enturbiar este matrimonio indisoluble que con altos y bajos debemos mantener por siempre, como me recordó muchas veces el maestro de la diplomacia don Edgar Ugalde…
Y esta vez caímos en la trampa. Una vieja draga reconstruida con expreso propósito y una afrenta provocadora al siempre sensible tema de la protección ambiental, unida a la más pasmosa impericia diplomática que cede a los artilugios de una política policial que tiene cada vez más preeminencia gubernamental, nos meten de lleno en el escenario —siempre propicio para las autoridades oficialistas de turno del norte— de una confrontación por el río…
Increíble que hayamos caído en esa trampa.
“Felizmente la rancia cuestión sobre (la) validez del tratado Cañas-Jerez, que durante cerca de veinte años ha tenido a Costa Rica y Nicaragua más de una vez al borde de la guerra, está ya hoy enterrada definitivamente”.
Eso lo dijo don Ricardo Jiménez en 1888, después de que el presidente Grover Cleveland emitiera el fallo respecto de la disputa que llevó a ambos países a solicitarle dilucidar los extremos de los derechos concedidos a ambas partes en el acuerdo de límites de 1858.
Por supuesto, no hubo nada “definitivo”. Vino luego otra disputa y otra y otra. Y el desconocimiento del fallo de la Corte Centroamericana de Justicia de 1916…
¡Qué cíclica en verdad es la historia y que irónica es la vida de pueblos y pobladores!
El año pasado, cuando a mediados de julio, la Corte Internacional de Justicia de La Haya emitió salomónico criterio sobre la última disputa iniciada también en julio pero de 1998, otro maestro de la diplomacia nacional (cuyo nombre no tengo autorización de citar) me dijo categórico: “no cumplirán”.
Y llegó el tiempo de que activaran de nuevo el viejo expediente, ideal para cohesionar fuerzas a lo interno y pasar facturas externas. Y otra vez estamos —sin estar— tocando tambores…
Nunca, eso sí, nunca —creemos firmemente— se verterá gota de sangre en el San Juan como decía cual mártir hace unos pocos años Arnoldo Alemán.
Nuestra mejor y mayor protección es precisamente nuestra marca indeleble de democracia desmilitarizada.
Por eso no hay razón para disfrazar de militares a nuestros policiales. Aunque existan de por medio legítimos derechos que nos asistan no podemos caer en absurdas provocaciones. Hemos acumulado demasiada experiencia como para alegar desconocer el juego. No podemos caer en absurdos sin sentido.
Y me repito de nuevo. Ojalá llegue el día que ambos pueblos podamos decir que ahora sí tenemos una solución “definitiva”.
Porque yo me resisto a creer que por la falta de visión de unos u otros, las futuras generaciones estén dentro de 100 años celebrando o criticando aquí y allá una nueva interpretación de quién sabe cuál órgano jurisdiccional que por aquel entonces sea comisionado para resolver nuestras disputas vecinales.
Tenemos muchos asuntos mucho más relevantes que acometer conjuntamente para volver siempre sobre lo mismo.

Vilma Ibarra