Logo La República

Lunes, 10 de diciembre de 2018



COLUMNISTAS


No manipulen nuestro Teatro Nacional

Miguel Angel Rodríguez [email protected] | Lunes 12 junio, 2017


No manipulen nuestro Teatro Nacional

Hace unos días unos amigos turistas, después de maravillarse con el Museo del Jade, el Museo del Oro y la fachada imponente de nuestro querido Teatro Nacional, hicieron su recorrido con un guía turístico de la institución.

Esa noche no podían dejar de expresarme su dolor y su extrañeza. Su experiencia, en el interior de una joya de tanta belleza y valor artístico como nuestro Teatro Nacional, había sido escuchar la expresión de resentimiento social de un guía, que se dedicó a exponer las durezas de los “problemas clasiales” que habían imperado en la construcción, inauguración y manejo del Teatro Nacional.

Al cabo de un rato de recorrido mis amigos no habían oído sobre la construcción (salvo que los arquitectos habían sido costarricenses), ni sobre esculturas y pinturas, ni sobre el significado de levantar semejante monumento en una ciudad de 25 mil habitantes, ni que según los cálculos de doña Astrid Fischel su construcción había costado más de la mitad del valor de las exportaciones anuales del país.

Tampoco habían oído que la idea de construirlo había surgido de exportadores de café que propusieron al gobierno un impuesto sobre esos envíos al exterior, cuyo destino fuese su construcción. Claro que luego el importe de este impuesto no fue suficiente para tan monumental construcción.
Lo que habían oído era la explotación de “problemas clasiales” en la utilización de nuestra joya nacional. Esa joya, que hace casi 100 años, don Jacinto Benavente usó para describir San José como una aldea alrededor de un teatro.

Uno de los turistas al oír esa palabra “clasial”, inexistente en español, entendió glacial. No podía comprender qué tenía que ver la construcción del Teatro, inaugurado en octubre de 1897 en una zona tropical, con los fríos polares o épocas frías tan remotas.

Se les contó cómo cada piso estaba destinado a una clase social diferente; que las sillas se habían vendido solamente a “personas de la alta sociedad” (¿serían los abonos a una temporada que hoy acá como en todo el mundo se usa para los conciertos de la sinfónica?); y que no se permitía el ingreso al primer y segundo piso a quienes no eran socialmente aceptables.

Claro que abandonaron la visita sin terminarla.

¡Qué falta de conocimiento y exceso de resentimiento social! Entonces como hoy la mayoría de las funciones contemplaban la venta de entradas a la galería del tercer piso, a precios módicos, asequibles para costarricenses menos adinerados.

La compañía que vino para la inauguración con 108 artistas y personal de Francia, y que a los pocos meses estaba quebrada, bajó los precios y habría recibido a cualquiera que pagara su entrada. Al final el Gobierno tuvo que correr con los gastos para repatriarlos.

Evidentemente como en cualquier sociedad de 1900 e incluso en las actuales, las presentaciones de óperas, ballet y conciertos sinfónicos tienen una concurrencia limitada, y en todos los lugares la galería es donde se dan cita las personas amantes de esas artes con limitados recursos. Recuerdo que cuando como estudiante en Berkeley pude en un par de ocasiones concurrir con Lorena a una ópera en San Francisco, los operadores de los ascensores nos decían —cuando nos encaminábamos a los pisos superiores: "Ahora a su lugar fanáticos pobres de la ópera".

Pero esto no es por una discriminación clasista (que no “clasial”) sino por las realidades económicas de la vida.

¡Qué pena que se aburra a los turistas con esa prédica revanchista, en vez de resaltar las maravillas de una sociedad que —de ser la más pobre provincia de la Capitanía General de Guatemala al tiempo de la Independencia— a fines del siglo XIX era una de las naciones latinoamericanas con mejores resultados en salud y educación! Capaz de construir nuestro Teatro Nacional.

Qué fácil obtener buena y verídica información de los libros de doña Astrid Fischel sobre el Teatro Nacional.