Leopoldo Barrionuevo

Enviar
Sábado 20 Diciembre, 2008

ELOGIOS
Navidad

Leopoldo Barrionuevo

Se aproxima la Navidad, que es una conmemoración que festeja el nacimiento del Señor en una fecha aparentemente incierta, como lo fuera la de su muerte; lo cierto es que Navidad es en diciembre 25 y Semana Santa resulta siempre cambiante.
En realidad, los romanos eran los que festejaban su adoración por el sol y pedían para esa fecha que retornaran el sol y el calor en medio de la oscuridad y el frío típicos de ese mes en Europa, una tradición que mantenemos en Tiquicia en especial en este frío y lluvioso diciembre.
Que se festeje el nacimiento con otra fecha prestada por el Sol no es muy cristiano que digamos, pero no olvidemos que esto fue posible porque la Iglesia en sus orígenes prefirió sostener los cultos paganos y solo hasta el año 440 instituyó oficialmente el nacimiento, confirmado por el emperador Justiniano en el 529.
El error se inicia (y permanece) porque poco después: Dionisio el Exiguo (debió serlo en matemáticas) metió las patas en sus cálculos sobre el día 25 y en seis años, puesto que Nuestro Señor nació antes de la fecha oficial, pero bueno, la torta ya estaba y hubiera sido un desatino volver a cambiarla. Tampoco está seguro de que haya sido durante el gobierno de Herodes.
Después fue en las Galias donde los celtas guindaban las cabezas de sus enemigos de los pinos, una tradición que se mantiene con las lucecitas y guirnaldas del árbol, que es de origen druida. Afortunadamente, son preferibles los adornos electrónicos actuales porque no quiero siquiera imaginar qué pasaría si se mantuviera: las colas para la compra de hachas hubiera opacado la fiebre por los regalos.
Pero la tradición cristiana del arbolito se inició en Europa con la leyenda del Niño Dios, quien recibió refugio una fría noche de invierno en casa de unos aldeanos a quienes premió convirtiéndose en un ángel de oro que les brindó un árbol al que le brotaban manzanas y nueces de oro.
Los germanos crearon otra tradición: como los árboles perdían las hojas en invierno, adornaban sus árboles con manzanas y piedras pintadas para pedir el retorno de los buenos espíritus. Fue en Bohemia para mediados del siglo XVIII.
En cuanto a Papá Noel o Santa Claus era San Nicolás de Bari, generoso con los pobres y nada parecido a la clásica figura y las bolsas que carga se atribuyen a que en Mira (Turquía) donde era obispo, cuando obsequió una de ellas a un vecino quebrado por sus negocios para dote de su hija casadera, así nacieron los regalos. Yo casé ya a dos hijas y la dote no la vi: San Nicolás me falló.
Al morir, sus restos fueron a descansar a Bari, pero como no se pueden esperar congruencias en este asunto, en Italia los regalos los reparte una bruja buena, por cuya razón sería conveniente —para gloria de Escazú— que pensemos seriamente en el símbolo del pueblo aunque más no fuera que para atraer turismo.
Y bien, el icono de San Nicolás se extendió a todo Europa y con el tiempo dejó el caballo y compró un trineo de ocho renos hasta que los holandeses lo llevaron a Estados Unidos y en 1931 la Coca-Cola, por obra y gracia del diseñador Haddon Sundblom, para la campaña navideña de ese año, lo convirtió en el obeso, barbado, rubicundo, abrigado y cachetón que pocas veces vimos por estas latitudes.
En suma: con la imagen marketinera de Papá Noel, los errores en la fecha de nacimiento y muerte de Nuestro Señor, el pobre San Nicolás que no era de Bari sino de Mira, Turquía, la bruja que lo reemplazó en Italia, los renos, la nieve, el trineo y todo lo demás, estoy más perdido que Adán en el día de las madres.

www.leopoldobarrionuevo.com