Claudia Barrionuevo

Claudia Barrionuevo

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Lunes 11 Febrero, 2013

Nosotras, compañeras de historia, tomando en cuenta lo implacables que son los años, debemos considerarnos muñecas bravas. Con valor aumentado. Las féminas más cotizadas. Sin precio en Internet


Muñecas cotizadas

El día que yo nací mi papá me regaló una muñeca y la bautizó Pampa. Aún la conservo. Es una muñeca de goma, boquita roja, pelo recogido en un rodete alto, con camanances en las rodillas y las manos y unos cachetes más sobresalientes que su nariz. Quizás parecida a alguna muñeca Paco que alguna de las lectoras haya tenido en su infancia.
Es cierto que los años han ajado su vestido; no recuerdo desde cuándo su cabeza tiene un pequeño hueco y la goma se ha manchado en ciertas partes de su cuerpo. Sin embargo, como Pampa me ha acompañado toda la vida, no la he visto envejecer. Nunca la he considerado una muñeca vieja.
Nos pasa con las personas que nos rodean: solo las fotos de otros años o alguna crisis física o emocional, nos hacen evidente el paso de los años.
Incluso Sombra, mi gata de nueve años, mi álter ego, no ha envejecido aunque en edad humana tiene la misma que yo. Es esbelta, astuta cazadora y absolutamente histérica.
Hace unos meses, visitando junto con mi amiga Sofía la feria de antigüedades de San Telmo en Buenos Aires, descubrí en uno de los puestos una muñeca igual a la mía. “Mirá, ahí está Pampa”, le dije a Sofi. La dueña del tramo, de mi edad, me explicó que las muñecas Pier Ángeli habían sido muy populares algunas décadas atrás.
Descubrir que Pampa no era anónima, sino una muñeca de “raza”, una Pier Ángeli, me pareció muy glamoroso. Enterarme que en la feria solo se podían vender objetos en desuso con más de 35 años, no me hizo muy feliz. ¡Pampa era una antigüedad! ¡Un objeto en desuso!
Cuando regresé a Costa Rica, fui a buscar a Pampa al clóset y le sacudí un poco el polvo: si no la veía vieja, menos podía verla antigua. ¿Cómo podía ser antigua mi muñeca de toda la vida? ¿Dónde quedaba yo, entonces? ¿Era una vieja? ¿Una antigüedad? O ¡peor!, ¿alguien en desuso?
Tengo algunas antigüedades en mi casa, pero datan de los inicios del siglo pasado. Un objeto de 40 y muchos o 50 y pocos, ¿ahora es antiguo? ¿Aunque todavía sirva? ¡Qué horror!
Me fui corriendo a consultar el oráculo, (o sea, Internet, cuna de la sabiduría moderna) y comprobé que las muñecas Pier Ángeli están muy cotizadas: los precios inician en los $200.
Eso me alivió. No es que piense en vender a Pampa, ¡jamás! Que la incineren conmigo. El descubrimiento de los altos precios de una muñeca que hace algunas décadas era barata, me hizo replantearme mi propia situación.
Las mujeres que rondan mi edad (menores o mayores) no somos viejas; no somos antigüedades; mucho menos estamos en desuso; tampoco somos muñecas (en el mal sentido de la palabra).
Nosotras, compañeras de historia, tomando en cuenta lo implacables que son los años, debemos considerarnos muñecas bravas. No la del tango de Enrique Cadícamo, aunque hablemos francés.
Somos muñecas bravas. Con valor aumentado. Las féminas más cotizadas. Sin precio en Internet.

Claudia Barrionuevo

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