Macarena Barahona

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Jueves 13 Marzo, 2008

Los muertos del verano
Cantera

Macarena Barahona

En este fin de Cuaresma quisiera reflexionar sobre nuestra vulnerable y apática manera de enfrentarnos a las situaciones que podemos resolver de formas responsables y sin embargo con la omisión, se resuelve no hacer nada.
Los muertos del verano. Los ahogados de Cuaresma. Los de los Jueves y los Viernes Santos.
Nuestros muertos pesan en la conciencia de todos, porque todos sabemos de nuestra apatía y egoísmo para actuar.
Las magnificas playas del Océano Pacífico, las sin igual del mar Caribe, todas abandonadas ante nuestros ojos en los preludios de vacaciones, donde la soledad de las mareas y las corrientes marítimas esperan a los veraneantes, primitivos turistas que acuden en su elemental albedrío y sin previo aviso ni indicación alguna, y cada año se convierten en víctimas de lo que todos sabemos.
El mar es peligroso. Pero, ni los dueños de lujosos hoteles, donde las ganancias aprietan sus cuentas, brindan las mínimas medidas de advertencia, de seguridad, de salvavidas, de cuerdas, de banderitas indicativas, de avisos, de señalamientos, no nadie, ni de los majestuosos hoteles, ni de las rústicas cabinas, ni de los bares que pululan en nuestras luctuosas costas marinas.
¿Dónde se deben acomodar los muertos? Una culpa que crece cada año, sin dañar a ninguna conciencia en particular. He presenciado agonías de bañistas en sus propias soledades, abandonados por todos, dejándose ir, exhaustos a la muerte , en el desenlace final de una atávica lucha; sin lanchas, sin cuerdas, sin salvavidas, sin surfos, sin nada, en Manuel Antonio, en Cocles, en Manzanillo, en Playas del Coco, en Tamarindo, en Parrita, en Bejuco, en Zancudo, en Mata Limón, en Doña Ana por donde haya ido, la Semana Santa se concluye con esos terribles ahogados, recordando la fragilidad y la imprudencia que nos humaniza. Pero no se hace nada. Nada.

Las Cámaras de Turismo, le dicen a la Cruz Roja, la Cruz Roja, cuando llega no tiene salvavidas, llega a recoger muertos o accidentados, las marinas rebotan a los hoteleros su pedazo de culpa, las municipalidades se encierran en su argot burocrático, las delegaciones policiales, el Instituto Costarricense de Turismo, en fin; ni las iglesias se comprometen con denunciar masivamente el peligro natural de nuestras playas a turistas nacionales o extranjeros, porque muertos son iguales. Todos cómplices del terror de ver minimizadas sus alcancías veraniegas, cómplices todos, de cada uno de los próximos muertos que veremos, en la desigual lucha de la ignorancia, la imprudencia y la codicia, en nuestra maravillosa herencia de los mares continentales.