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Domingo, 25 de octubre de 2020



COLUMNISTAS


Los jóvenes no deben morir

Marilyn Batista Márquez [email protected] | Jueves 27 febrero, 2020


In memoriam Rolando


Los jóvenes no deben morir y jamás del suicidio, ni aún aquellos que están en las cárceles purgando penas propias y ajenas, producto de su ímpetu, ignorancia y transformación hormonal.

Ellos y ellas pueden cambiar, como lo afirma la especialista en comportamiento humano, Dra. Terrie Moffitt, cuyas investigaciones sostienen que más del 90% de los adolescentes varones cometen actos ilegales y que este comportamiento antisocial se corrige casi siempre con el paso del tiempo, finalizando progresivamente entre los 20 y los 29.

Los que están en las calles vendiendo orejas, plátanos, chupa chupa o incluso algún objeto robado, ¡no pueden morir!; debemos oírlos, hablarles, educarlos, empoderarlos y ayudarlos a establecer sus propios negocios en lugares en donde hoy no les permiten entrar.

Cómo podemos detener la soga en el cuello de un joven que de seguro no ha leído el Carpe Diem de Walt Whitman “Piensa que en ti está el futuro y en enfrentar tu tarea con orgullo, impulso y sin miedo. Aprende de quienes pueden enseñarte…No permitas que la vida te pase por encima sin que la vivas…”.

Cómo podemos resignarnos o mantenernos inertes cuando nuestros jóvenes continúan lanzándose por los puentes y tomando sobredosis de medicamentos para alcanzar la paz con la muerte. Cuántos de ellos y ellas hubieran contribuido al desarrollo de nuestro país. Hemos perdido a muchos profesionales y quizás a una gran presidenta de la República, a la inventora de la cura del alzheimer, al actor ganador de un Oscar y al valeroso bombero que salvó la vida de varias personas, arriesgando su propia existencia.

Desde el 2015 el suicidio es la tercera causa de muerte en Costa Rica en jóvenes entre 15 y 19 años. Las estadísticas del OIJ sostienen que la tasa de suicidio pasó de 6,4 en 2017 a 7,2 por cada 100 mil personas en el 2018, con una tendencia creciente desde los 80´s. Si añadimos a estos datos, que por cada muerte (según la OMS) hay unos 20 intentos de suicidio no consumados, entonces estamos al borde de una pandemia y en el preciso momento en que ustedes leen esta columna algunos de nuestros hijos e hijas, vecinos, amigos y conocidos construyen lentamente la idea de quitarse la vida.

Gracias a que en este país se logró abolir el ejército, ninguna madre y ningún padre llora por las muertes de sus hijos en la guerra, pero hemos sido incapaces -Estado y familia- de detener los suicidios. Ni siquiera hemos trabajado en forma decidida en mejorar el sistema de salud y de justicia para que las y los jóvenes que pueden ver truncada su existencia por pensamientos confusos y decisiones erróneas, puedan recibir la atención adecuada.

Nos corresponde como madres, padres, educadores, ciudadanos y políticos velar por cada vida que promete una victoria y aquellas que presagian derrotas, porque todas, absolutamente todas, tienen el potencial de transformarse e impactar positivamente a la sociedad.

Insisto y repito con todas las fuerzas de una madre que no conoce a la madre que hoy llora la pérdida de su hijo que se suicidó: ¡los jóvenes no deben morir!

Cómo sujetar y atrapar en nuestros brazos a los que deberían sentir que la vie e rose, recitar poemas de amor de Benedetti y de revolución de Ernesto Cardenal. Prefiero mil veces verlos y verlas protestando, marchando unidos y causando caos en las carreteras por rechazar una acción política o apoyar un ideal etéreo absurdo, pero no los quiero ver muertos.

Quiero que continúen escribiendo grafitis en donde les de la gana, con tatuajes en sus brazos y cuellos, con decenas de aros en las orejas, tarareando y bailando la “Tusa”. Quiero seguir molesta por no entender cómo hacen fila desde el día anterior para asistir a un concierto.

Los quiero oír debatiendo sobre Keynes y Friedman, lanzando improperios contra Trump, apoyando las idioteces de Maduro, haciendo memes irreverentes de Oscar Arias y Carlos Alvarado, pero los quiero vivos porque en ellos y ellas, y no en los niños ni en los adultos mayores, es que descansa el hoy.



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