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Desde Pekín
Lo mejor del planeta


Luis Alberto Muñoz
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El corazón y símbolo de las Olimpiadas en Pekín es sin dudas el Estadio Nacional, también conocido como el Nido de Pájaro.
Con un costo de unos $500 millones y su estructura de columnas entrelazadas de manera aparentemente aleatoria, este monumento rompe el récord de todos los precedentes en cuanto a edificaciones olímpicas.
Al entrar, la disposición de las columnas sobrepuestas en varios sentidos produce una sensación envolvente y deja pasar a su vez la ovación del público recordando el motivo por el que se construyó.
La fulgurante llama olímpica sobre el vértice superior evoca aquellos tiempos cuando la humanidad se atrevía a suspender temporalmente las guerras para no interrumpir la ejecución de las justas deportivas.
Son pocos los lugares en el planeta que logran reunir a
más de 90 mil personas sentadas para disfrutar de la batalla entre los mejores atletas del mundo.
Este es uno de los escenarios más positivos de la humanidad, donde las diversas nacionalidades se reúnen sin importar las diferencias y luchan por ser recordadas en la historia.
Es realmente en esta atmósfera donde el a veces mal gastado término de competencia toma su verdadero sentido.
A diferencia de lo que ocurre en el amor, los negocios y la guerra, en la contienda olímpica los atletas luchan en condiciones parejas.
Solo al estar allí, se puede notar la infinidad de aspectos que se escapan a la pantalla del televisor.
Entre ellos, el nivel de concentración de los deportistas, la logística de organización, la influencia de la audiencia y la magnitud del acontecimiento.
Una olimpiada significa mucho más que una excusa de marketing o la promoción de un país ante el mundo.
Representa un ideal, una posibilidad que abre la humanidad a unirse en la búsqueda de lo mejor que ella misma pueda producir.
El sueño olímpico es uno al cual todos estamos llamados, dar lo mejor de nosotros mismos y no temer reconocer a quienes destacan.
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