Natalia Díaz

Natalia Díaz

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Jueves 20 Julio, 2017

Libertad del soberano


La libertad es un asunto de convicción. Parece utopía para muchos, pero lo cierto es que la misma inicia con una incorrecta definición. Algunos interpretan la libertad como el conducirse sin ninguna contemplación o consideración, apelando solamente al disfrute y a la felicidad propia, lo cierto es que incurren en procederes egocéntricos impregnados de una malsana interpretación de autoestima.

¿Es acaso la libertad un asunto que encuentra su origen en la convicción de cada persona? Puede que así sea, pero en lo que concierne al quehacer de gobernar, el contenido del concepto adquiere dimensiones amplias e integrales.

Existen a lo largo de los años, desaciertos del Estado, producto de los resultados obtenidos por conceptos que difieren a la libertad. Sin embargo, ciertamente no son, ni serán, los únicos yerros que acontecerán bajo cualquier pensamiento político. Por esto, es imperante que en todo momento prevalezca la objetividad en el pensamiento y en las acciones que lleven a concretar un óptimo desarrollo.

La médula inicia con el estilo de vida propio con el cual se desenvuelve cada individuo, y por ende la creencia en la cual sus actos se sustentan. La dependencia tiene su momento en la vida, principalmente cuando se carece de criterio para la toma de decisiones; pero superados dichos tiempos, el ser humano tiene la capacidad de decidir conforme a lo que cree y desea, claro está, sin desatender en ningún momento sus responsabilidades que interactúan constantemente dentro de la sociedad, donde así mismo se determinan límites, que son producto de acuerdos consensuados, llamados leyes.

Para promover un gobierno sólido y consecuente, se hace necesario en primera instancia que la ciudadanía tenga claro qué desea de su gobierno y cuál es el pensamiento que defiende e impulsa. Está claro que las propuestas de gobierno, no deben ser aisladas promesas de soluciones para determinados problemas, ni tampoco ideas fantasiosas que no son más que insultos a la inteligencia de sus semejantes, u obsesiones saturadas de extremismos insulsos, incongruentes con la historia, idiosincrasia y norma de la nación, no tolerando ni siquiera un determinado proceso de transición el cual contemple la asimilación, interpretación e interacción de la postura vigente.

Toma relevancia en la gestión gubernamental, tanto una posición con propuestas precisas e integrales, como la idoneidad de quienes impulsan y transmiten las mismas, teniendo como consigna el convencimiento y la procura del consenso de los distintos actores. Toda sublevación a los procesos debidamente entendidos como democráticos debe ser cercenada. El espacio debe responder a la libertad y no a personas con posturas intransigentes sumergidas en la egolatría, lo cual es sinónimo del atrevido pensamiento de creer que se tiene el monopolio de la verdad.

Es así, que el desarrollo del país proviene sustancialmente de la libertad que goce cada individuo dentro de la sociedad en virtud de sus fortalezas. Es importante considerar que la ayuda o el apoyo gubernamental puede ser un aliado del progreso, pero no es la naturaleza del mismo. La historia demuestra cómo distintas naciones, después de experimentar diversas condiciones sumamente deterioradas, surgieron, primeramente, a raíz de una actitud general caracterizada de esfuerzo e ingenio, seguido de un desprendimiento y transformación de normas y procedimientos estatales.

El Estado debe ser un promotor y facilitador del desarrollo nacional. Su acción de delimitar actos o determinar procesos y acciones debe responder a todo aquello que sea acordado por aquellos que han tenido la responsabilidad de representar al pueblo, y aquí es donde surge la relevante facultad que tiene el pueblo de definir por mayoría, el tipo de gobernanza que le respalde conforme a sus creencias, y por lo tanto, a su estilo de vida.

Un significativo porcentaje de por qué tiene su origen la disconformidad en las sociedades con relación a sus gobiernos, es el escaso conocimiento que posee el tomador de decisión, en este caso el pueblo, del pensamiento de aquellos a los cuales le otorgan el poder de ejecución, es decir, un partido político. Obviamente no es la única razón, pero definitivamente es la primera.

Retomando el concepto de libertad como el espacio que el Estado debe promover a la ciudadanía para su desarrollo, se hace necesario recalcar que el gobierno no es propietario del país, tampoco de las personas, ni mucho menos de sus vidas. El propósito del gobierno es el servicio a la sociedad. Su función es administrar los bienes y servicios públicos de acuerdo con la norma. Los deseos u ocurrencias del gobernante no pueden prevalecer sobre la soberanía que se encuentra plasmada en la Constitución Política.

Finalmente, es digno de resaltar que el “mandatario” no es quien manda, sino el mandado. En síntesis, la libertad que dio espacio para que el pueblo manifestara su apoyo electoral, sitúa a los gobernantes en la obligación no solamente de respetar dicha libertad, sino fomentar con reciprocidad el desarrollo del pueblo quien es finalmente el soberano.