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Miércoles 13 Noviembre, 2013

¿Cómo sería una empresa en la que la inmensa mayoría de sus empleados piensan que están haciendo algo que realmente los hace sentirse realizados como personas?


La nueva cultura corporativa

Estoy convencido de que todos hemos leído y escuchado en cientos de ocasiones que pasamos casi la mitad de nuestra vida en el trabajo. Siempre con motivo de señalarnos la importancia que tiene en nuestras vidas contar con un empleo que nos satisfaga más allá de lo profesional. Al fin y al cabo es nuestro tiempo de vida lo que estamos ofreciendo, además de nuestros conocimientos y habilidades para desempeñar un puesto de trabajo.
Esta especie de teorema, con un lugar destacado en libros de autoayuda y conferencias sobre liderazgo, choca con la práctica común de la inmensa mayoría de las organizaciones.
Incluso aquellas con una mayor preocupación por ese modismo que se ha dado en llamar talento corporativo, no consideran el factor individual del empleado como clave a la hora de obtener resultados.
Generar programas de reconciliación entre la vida personal y profesional, en muchas ocasiones, no es más que un remedio temporal. Sobre todo porque pareciera que se está reconociendo que las personas necesitan ampliar el tiempo que pasan con sus familias. Dicho de otro modo, admitiendo que en su actividad profesional no se sienten realizadas.
¿Cómo sería una empresa en la que la inmensa mayoría de sus empleados piensan que están haciendo algo que realmente los hace sentirse realizados como personas?
Sin lugar a dudas sería una organización en la que el talento, lo mejor de cada individuo, saldría a flote en pos de un objetivo común. Buscando un resultado extraordinario por medio de la motivación y del sentimiento de pertenencia a un ente que verdaderamente vale la pena.
Lo ilustraremos con un cuento. Allá por la Edad Media un comerciante pasó junto a un hombre que se encontraba cincelando una pesada piedra. A su lado una gran formación de piedras en forma de bloque, resultado sin duda de varias semanas de trabajo. El comerciante le preguntó:

- ¿A qué se dedica usted? ¿Debe ser cantero?
- No, señor, contestó el afanado trabajador.
- Ah no, ¿entonces usted qué hace?, insistió el comerciante.
- Yo me dedico a construir catedrales.
Esa respuesta es la diferencia. El cantero se sentía parte de un fin superior: construir edificios que perdurarían por siglos, más allá de su trabajo de cincelar piedra. ¿Cuántos de nuestros colaboradores darían una respuesta como esa?
Usar camisas corporativas, gafetes con fotografía y logo, enmarcar la misión de la organización y todos los demás signos externos, no son suficientes cuando el sentido de pertenencia de los empleados se encuentra en su interior. Está en la motivación por estar realizando un trabajo que les apasiona y les permite realizarse como personas.
Las nuevas generaciones, mucho más individualistas y desarrolladas en un entorno que les ha fomentado sentirse únicos, van a estar mucho más proclives a incorporarse a organizaciones que les planteen verdaderos retos y no la antigua estabilidad laboral que ofrecen las empresas tradicionales.
Esto supone todo un cambio en la forma de gerenciar el capital humano: las organizaciones como espacios de realización de las personas.

Francisco Avilés

Socio director Cross&Grow