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Sábado, 17 de noviembre de 2018



COLUMNISTAS


La destrucción de un país

Emilio Bruce [email protected] | Viernes 06 octubre, 2017


SINCERAMENTE

La destrucción de un país

Han pasado las décadas y la clase dirigente, lejos de apuntalar la institucionalidad costarricense, ha ido erosionando su base de sustentación. Han pasado las décadas y los grandes medios de comunicación han ido desacreditando a los poderes del estado de manera agresiva, creyendo con esto hacerle una gran gracia a Costa Rica. Sí, una gran gracia ya que ellos adquirían más poder frente a las clases políticas dirigentes y de manera descarnada lo ejercían sin miramientos. Han pasado las décadas y los sindicatos han ido acumulando privilegio sobre privilegio, salarios, pluses, sobresueldos, vacaciones extendidas, prestaciones aumentadas y con ello han minado la capacidad del estado de desarrollar infraestructura, inversión y disminución de la deuda estatal. Ellos creyeron que no había límite. Ellos creyeron que podían pedir el cielo y los gobernantes creyeron que podrían vivir con tranquilidad si les daban más de lo que pedían.

La infraestructura pública se deterioró y luego se rezagó. Pasaron los lustros y los grandes proyectos ya financiados no se ejecutaban y el país se fue rezagando con ello. Las gentes gritaron cuando la ruta 27 fue inaugurada porque su diseño no era el socialmente deseable. Nadie reparó que habían pasado cuarenta y tantos años desde que tal diseño se había finiquitado. Las gentes gritaron más por la apertura que por el rezago en la construcción de la carretera.

El transporte público remunerado de personas ha caído en rezagos también. Las tarifas con aire de populismo no permiten las inversiones adecuadas, ni tampoco el desarrollo de un verdadero sistema integrado de transporte de personas con trenes de cercanías, un tranvía y un metro. Cada vez que alguien osa hablar de un tranvía se aviva toda oposición a esa idea. Cada vez que se habla de un metro se escuchan grandes carcajadas de burla en total desaprobación.

Los puertos pasaron por una lucha mortal para modernizarse y aun así las obras complementarias para los mismos no caminan con el paso de urgencia que los costarricenses exigimos.

El país carece de una “gran estrategia nacional” como la que países civilizados ostentan. No tiene el país claro cuáles son y dónde están sus intereses, sus metas, sus rutas para alcanzar el país que deseamos. El plan nacional de desarrollo es un plan sencillo de cuatro años de duración que además no está “amarrado” al presupuesto nacional, ni tiene sus costos y sus plazos establecidos. Nadie es especialmente responsable y si se cumple da lo mismo que si no se cumple.

La Asamblea Legislativa fue el primer poder del Estado que sufrió la feroz arremetida de los “poderes fácticos” y los medios grandes de comunicación del país, que sin ser partidos políticos ni electos por persona alguna creyeron que podían acabar con el prestigio y la legitimidad del Poder Legislativo y sus diputados. Los partidos lejos de buscar la excelencia fueron buscando la cantonalización y la municipalización de sus candidatos. Los diputados son escogidos por los partidos y los votantes lo hacen por una bandera, no por nombre y apellido. No hay clara identificación de quién es “mi diputado”. No hay territorio electoral donde podamos exigir cumplimiento y corrección. Los diputados legislan como quieren y si incurren en contradicciones con sus promesas electorales nadie puede removerlos con un referéndum revocatorio. En un extremo se ha desacreditado y suprimido la legitimidad de la Asamblea Legislativa y sus diputados. En otro extremo los partidos han hecho lo posible por elegir a quienes van a confirmar las peores profecías de los “poderes fácticos” y sus voceros. La Asamblea ha perdido su capacidad de legislar, de cambiar el país para bien y transformarlo conforme este lo necesita.

El Poder Ejecutivo ha sido recientemente blanco de todas las andanadas humanas e inhumanas. Todos corruptos, siempre los mismos… aunque sean los mejores disponibles. Se les ha expuesto en linchamientos como los peores enemigos de la patria. Se les ha lucido, con razón o sin ella, incapaces, corruptos, vagabundos, desperdiciados, galería de sol… El Poder Ejecutivo tiene cada vez menos radio de acción. Cada vez más los ministros hacen menos porque un funcionario de la Contraloría no les aprueba sus resoluciones administrativas a priori. Un poder del estado metiéndose en las funciones del otro. El Poder Ejecutivo se ha transformado en un Poder Deliberante y lleno de juntas directivas y una insoportable organización corporativa donde todos los sectores opinan y nadie ejecuta nada.

Ahora y a sabiendas de que una comunidad organizada y civilizada no sobrevive sin una clara y honrosa administración de justicia se arremete un día sí y otro también en contra del Poder Judicial. No hay tregua para jueces, alcaldes, magistrados y procedimientos. Se elogia el linchamiento y se denigra el estrado y su debido proceso.

Las buenas personas se han alejado del quehacer público. Los “carebarros” no se van ni volándoles cincha. Hemos ido destruyendo el país. Hemos hecho lo posible por derrumbar la institucionalidad y acabar con la credibilidad del sistema. Hemos logrado efectivamente desacreditar a todos y a todo. El país está labrando su ruina. Genera vértigo y horror a quienes lo observamos como el legado que es de las generaciones del futuro se disuelve como la sal en el agua.

Hay que cambiar de ruta. Hay que cambiar de actitud. Menos crítica y menos discusión debe prevalecer. Más ejecución y más construcción debe imponerse. Los mejores deben elegirse. Los mejores deben dar un paso al frente. El país ya no da. Quienes desean reemplazar la democracia por un régimen populista y autoritario de economía estatizada están por lograrlo. Los costarricenses están ávidos de cero tolerancia al delito, cero impunidad de los rufianes, total intolerancia ante la corrupción y la ilegalidad.

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