Vilma Ibarra

Vilma Ibarra

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Miércoles 31 Marzo, 2010


Hablando Claro

Lección de vida

Algunos seres humanos realmente excepcionales nos permiten aquilatar el valor de la vida muy por encima de las inevitables pequeñeces y minúsculos obstáculos en los que muchas veces nos concentramos cotidianamente. Yo digo que son personas “Alto ahí” porque ante su sola presencia uno —se lo proponga o no— se detiene a prestar atención, ya que aunque ellas no se lo proponen no pueden pasar inadvertidas.
Eso fue lo que me sucedió hace unas semanas cuando tuve el honor de conocer a Jeannette Quesada, una mujer madura pero jovial que irradia enormes dosis de poder interior y alegría de vivir. Después de escucharla, pude entender mejor que nunca que la fortaleza no es solo un poderoso valor de vida sino que es —junto con la fe— la atalaya a la cual una persona se aferra firmemente en su determinación de no derrumbarse no importa cuán difícil sea la naturaleza de la prueba que deba enfrentar.

Doctora en psicología y teología, Jeannette llevaba más de 30 años de su vida dedicada a la tarea de ayudar a levantar de sus pesares a muchísimas personas, especialmente en Honduras y Estados Unidos, pues aun cuando es costarricense —orgullosamente ramonense para más señas según lo enfatiza— es en esas dos naciones donde ha llevado adelante la mayor parte de su fructífera existencia.
Lo cierto es que ocho años atrás, la doctora Quesada viajaba sola en su automóvil por la sinuosa vía que conduce de Tegucigalpa a Comayagua cuando un accidente horroroso —un tráiler la impactó de frente— literalmente redujo su carro a escombros. Y su espina dorsal también. El diagnóstico médico fue lapidario: no podría volver a moverse; había quedado tetrapléjica.


A partir de ese diagnóstico Jeannette supo que había llegado la hora de entregarse a su propia terapia y después de pasar —como cualquier otro ser humano— por la dura prueba de asumir su verdad y rabiar de pena por su condición, se aferró a su inquebrantable fe, convirtió en fortaleza toda su debilidad y tomó la decisión de levantarse. Y lo hizo. Aprendió nuevamente a mover sus dedos, sus extremidades, ingerir alimentos, controlar sus esfínteres, sentarse y finalmente, a caminar. Sí, en contra de todos los pronósticos y para perplejidad de sus médicos tratantes, Jeannette Quesada ha vuelto a caminar con ayuda de una andadera, con el amor de sus seres amados y la enorme fortaleza de la fe que la ha convertido ahora más que nunca en un faro de esperanza y poder humano.

Un hecho digno de resaltar cuando recordamos el amor del Hijo que consumó con su sangre el valor de la Vida.