Nuria Marín

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Lunes 26 Julio, 2010


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Fama, moneda de dos caras

Es difícil entender por qué personas como Lance Armstrong, quien se había retirado en la cúspide de una exitosísima carrera e icono de lucha personal, luego de haber ganado entre otros muchos circuitos el Tour de Francia en siete oportunidades, toma la decisión de regresar.
Armstrong no está solo. Acciones similares han sido realizadas por grandes del deporte como son los casos del corredor de Fórmula 1 Michael Schumacher, el basquetbolista Michael Jordan y el pugilista Oscar de la Hoya.
Se trata de una peligrosa ruta de regreso en la que se arriesga mucho y hay poco por ganar. Y sin embargo…, estas glorias caen en la tentación de apostar el todo por el todo por volver a vivir la adrenalina y mieles de la palestra pública y de la fama.
No pretendo desmenuzar lo que significa la fama, que tiene diferentes matices en el tiempo, geografía y valores de los pueblos. Pero lo cierto es que esta saca lo mejor o lo peor de las personas y que está en cada quien el saber administrarla.
John F. Kennedy Jr, reconocía que la fama le había convertido en una persona temeraria. Las presiones y altas expectativas sobre él eran tantas que solo tenía dos opciones: paralizarse o no temerle a nada. A la postre, esta filosofía lo llevó a la muerte.
La fama puede llevar a las personas a los excesos (alcohol, drogas, sexo) y pérdida del sentido de la realidad y responsabilidad como lo demuestran los casos de Lindsay Lohan, Tiger Woods, Britney Spears, Paris Hilton, Wynona Ryder, Robert Downey Jr., Maradona, y tantos otros. En otros el tema se traduce en crueles problemas alimenticios.
La política no se escapa a las vicisitudes y debilidades humanas que provoca la fama. La historia de América Latina está llena de tenebrosos personajes que no dudaron en derramar sangre, dolor y lágrimas, quebrantaron leyes o reformaron constituciones a su antojo para mantenerse en el poder o a quienes les es difícil entender que su paso por el poder ya terminó.
Existen por otra parte, aquellos que han aprovechado el privilegio de la fama y la han convertido en una poderosa herramienta al servicio de causas nobles, o bien que tan solo su ejemplo de vida se convierte en poderoso legado para las futuras generaciones. Ejemplos vivos de lo anterior son los casos de Pelé, Nelson Mandela, Diana de Gales, la madre Teresa, el Dalái Lama, Al Gore, etc.
Dentro de esta óptica qué importante trabajar en la formación de nuestros niños, jóvenes y futuros líderes mucho más allá del desarrollo de conocimientos y habilidades propios de cada oficio y talento.
Si queremos tener un país de verdaderos ganadores es necesario como sociedad dar un giro de nuestro sistema de educación y formación en favor de los valores, del autoconocimiento, del desarrollo de personas con una fuerte autoestima y una gran calidad humana que sepan lidiar con éxito las vicisitudes negativas y positivas que depara la vida.

Nuria Marín Raventós