Tomas Nassar

Tomas Nassar

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Jueves 5 Febrero, 2009

VERICUETOS
Estimado Presidente:

Tomás Nassar

Creo firmemente en que una de las causas inmediatas del deterioro de la institucionalidad y de la pérdida de los valores de la democracia, en muchos de los países de esta pobre América Latina, ha sido la falta de solidaridad con los más pobres. Tengo también la certeza de que cuando los gobernantes y los poderosos se obnubilan en la soberbia, esparcen el caldo de cultivo para que los enemigos del sistema saquen provecho de la desesperanza.
No acepto la pobreza como un “sino” o un pecado; no es esa especie de mala ventura con que nacen algunos condenados a sufrirla, como un karma, por siempre. Es, por el contrario, una consecuencia de toda suerte de inequidades sociales, no naturales, que un buen gobierno debe estar llamado a corregir, o al menos intentarlo.
Como Presidente, usted ha hecho esfuerzos inmensos y ha obtenido logros destacables en la estabilización de la hacienda pública y en la reducción de los índices de pobreza. El superávit de las finanzas del Estado le ha permitido disponer de más recursos con los que ha incrementado la inversión social en distintos programas que, a la larga, ayudan a aliviar el dolor de la miseria.
Usted nos advirtió, desde abril del año pasado, de los devastadores efectos de una crisis económica global que no nos será extraña, que dejará profundas huellas en nuestra sociedad y nos ha pedido sacrificio y mesura.
A muchos nos preocupa el efecto que esta situación pueda tener en los más necesitados y como puede ser utilizada para desestabilizar la paz social que nos ha permitido desarrollar una sociedad ejemplar.
A las puertas de la crisis necesitamos confirmar que contamos incuestionablemente con la gente de su gobierno, no solo para tomar las difíciles decisiones que les imponen sus cargos, como las que usted ha venido tomando, sino para mantener alta la moral y viva la fe.
Terminando un evento de erradicación de tugurios y todavía con el olor de la miseria en sus narices, algunos de sus funcionarios se fueron a almorzar a uno de los restaurantes más caros de la ciudad. Me los imagino regocijándose mientras escogían los vinos y estudiaban golosos un menú cuyos precios no dejan lugar a dudas sobre la categoría del lugar. No estaban, por supuesto, angustiados por quién pagaría la cuenta, una cuenta que ofende la dignidad de aquellos que cada mañana ignoran si podrán alimentar a sus hijos.
No piense, don Oscar, que estoy en contra de los goces de una buena mesa. Me hierve la sangre, eso sí, por el abuso inconsciente de los fondos públicos cometido, qué ironía, por personas que usted designó para velar por los pobres, que deberían tener la sensibilidad y la integridad para reconocer inconvenientes e inmorales los festines que se pagan con dineros ajenos, en cantidades que pudieron haber saciado el hambre de muchas de esas bocas que en este país no prueban bocado.
Nadie fue por error a esa mesa de la vergüenza. Todos sabían dónde estaban y cuánto costaba. ¿O no leyeron el menú?
Don Oscar, comparto con usted que “Gobernar es educar”. Como lo ha hecho en el pasado, esperamos confiados en que sancione a todos esos funcionarios que no merecen su confianza, ni nuestro respeto.
Denos la satisfacción de seguir confiando que en su gobierno no hay impunidad cuando se actúa de esa manera.

Cordialmente.