Alvaro Madrigal

Alvaro Madrigal

Enviar
Jueves 16 Enero, 2014

Hartos de tanta corrupción y alarmados por sus efectos, muchos ciudadanos votaremos influidos por una apreciación ética, más que ideológica


De cal y de arena

“Es la corrupción, estúpido”

No son los crecientes índices de desigualdad, de desempleo, de pobreza, de ineficiente gestión en las dependencias estatales. Ni siquiera las cojeras de la economía que le están impidiendo recuperar aquel ritmo de crecimiento, ni los picos a que está llegando el déficit fiscal, ni el cada vez peor descontrol de los rubros —salarios, transferencias, deuda pública— determinantes del abismo presente entre ingresos y egresos en los presupuestos del gobierno central.
Con todo y la gravedad de estos problemas, que demandan una acometida urgente en el tiempo y profunda y decisiva en sus efectos correctivos, ceden prioridad ante las dimensiones del fenómeno de la corrupción en nuestra sociedad.


Sea quien sea el que asuma la jefatura del Estado a partir de mayo —de derecha, de centro o de izquierda— su principal misión debe ser atacar la corrupción y, si no erradicarla, sí reducirla a grados compatibles con las exigencias de gobernabilidad.
“Es la corrupción, estúpido”, digo yo parafraseando a James Carville, estratega de la campaña electoral de Bill Clinton, quien con una pegatina que repartía por todo lado con la leyenda “Es la economía, estúpido”, trataba de focalizar en los problemas de la economía estadounidense la atención de la cúpula del Partido Demócrata para hacer de ello el eje del ataque al rival.
En nuestro país no es la economía sino la corrupción lo que amenaza con tumbar la institucionalidad democrática y con arrastrar al colapso la gestión de gobierno, hasta desatar la ira popular si este cáncer no se erradica.
La corrupción, definida por el Banco Mundial como “el abuso del cargo público a cambio de una ganancia privada”, campea por todo lado, en el sector público y en el privado. Impone sus corrosivos efectos sobre las instituciones, sus programas y sus presupuestos, e inhibe el aparato persecutor y represor del Estado.
Aparece la impunidad y se categoriza como una rutina social. Su desafiante presencia hoy coincide, para peores males, con el narcotráfico. Vino con la crisis de valores y desenfrenada y retadora, ya no conoce fronteras en la empresa privada ni en las oficinas públicas ni en los partidos políticos.
Corruptos y corruptores, concupiscentes, hacen asombrosas fortunas y muestran hirientes estilos de vida. Hoy la corrupción alcanza cotas escalofriantes como lo destapan los periódicos (que habitúan dejar áreas intocables por tener afinidad de intereses) y lo confirma el hedor que despide.
La Fundación Friedrich Ebert, de Alemania, la escarbó aquí años atrás: un 82% de la indagación la percibía presente en el Poder Ejecutivo, atrasito venían los entes autónomos, las municipalidades y el Poder Judicial, evidenciándose que en el nivel burocrático alto y en el nivel político es donde anidan mayormente los actos de corrupción.
Hartos de tanta corrupción y alarmados por sus efectos, muchos ciudadanos votaremos influidos por una apreciación decididamente ética, más que ideológica.