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En las alturas

Vilma Ibarra vilma.ibarra@gmail.com | Miércoles 27 octubre, 2010



Hablando Claro
En las alturas

Para los estudiosos de la geomorfología, la biología, la meteorología o la hidrología, el Parque Nacional Chirripó es un inmenso laboratorio. Para mí, el Chirripó y sus perennes compañeros Terbi, Crestones y Ventisqueros, entre otros, representan una mezcla de sensaciones y sentimientos de bienestar y plenitud que superan por mucho los músculos adoloridos, el cansancio extremo y el intenso frío de sus bajas temperaturas.
Chirripó es místico y emblemático. Es desafiante en el esfuerzo pero extremadamente generoso en la retribución que deriva de sus valles, páramos y lagos; en su bosque enano nuboso, húmedo y frío. Nunca he estado más cerca del cielo. El Chirripó se eleva altivo por encima de cualquiera de nuestros hermosos parajes en quietud y reposo, cual si fuese un sitio sagrado; el “lugar de las aguas eternas” como indica la traducción del vocablo indígena.
La primera vez que me planteé el desafío de llegar hasta ese hermoso ecosistema del páramo el más extenso de nuestra América Central me invadieron la ansiedad y el temor respecto de mi capacidad para cumplir el reto. Tras lograrlo, disfruté intensamente el regocijo y el legítimo orgullo del éxito y la victoria propios de quien alcanza el primer lugar de la competencia de su vida, porque como dijo, Lao Tse “aquel que logra una victoria sobre otro es fuerte, pero quien obtiene una victoria sobre sí mismo es poderoso”.
De modo que habiendo vencido el sedentarismo que caracterizó la mayor parte de mi existencia, entendí que no hay límites cuando median propósito, convicción, compromiso y determinación y que efectivamente el mayor competidor en la vida es uno mismo.
Quien alcanza Chirripó casi inevitablemente empezará a acariciar la ilusión de volver. Y como la vida me ha resultado en extremo generosa, me he encontrado tres veces más ante el desafío. Ahora, despojada de ansiedades y temores, acaso con un poco más de madurez, me he rendido de nuevo ante toda la plenitud y la realización que mi ser es capaz de proporcionarme. Me he rendido ante ese valle, donde uno se siente al mismo tiempo insignificante y grandioso. Poderoso y débil. Agitado y en reposo. Con deseos de llorar y con deseos de gritar. Abrazada por la brisa y sobrecogida por el silencio. Sobrecogida por la grandiosidad de esa tierra generosa. Esa tierra bañada por aguas glaciares que dan cuenta de al menos 25 mil años de permanencia…
Y yo, en mi muy efímera existencia terrenal volveré a construir el sueño y la ilusión de ascender el Chirripó una vez más, porque como alguien dijo una vez “combatirse a sí mismo es la guerra más difícil, pero vencerse a sí mismo, es la victoria más bella”.

Vilma Ibarra

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