Juan Manuel Villasuso

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Martes 10 Junio, 2008

Dialéctica
En deuda con el hambre

Juan Manuel Villasuso

“La FAO y la comunidad internacional no están preparadas para gobernar un negocio que mata de hambre a millones de personas y alimenta a empresas, especuladores y campesinos subvencionados”.
Así reza un párrafo del diario español El País en relación con la Conferencia de Alto Nivel sobre la Seguridad Alimentaria Mundial convocada por la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, celebrada en Roma durante la semana pasada.
La Cumbre creó grandes expectativas, no solo por la crisis que se vive, sino también porque tenía como propósito examinar de manera integral la seguridad alimentaria, la reducción de la pobreza, el cambio climático y los requerimientos energéticos.
Más concretamente, se pretendía evaluar los retos a los que se enfrenta la agricultura con el fin de determinar las etapas necesarias para proteger la seguridad alimentaria en el contexto más amplio de medidas que se están recomendando para abordar el cambio climático y la bioenergía.
Sin embargo, la Cumbre concluyó con una declaración anodina de exhortación a la comunidad internacional para que incremente la ayuda para los países en desarrollo, en particular para los menos desarrollados. Más que compromisos, el documento abundó en retórica: reconocer que “los alimentos no deben utilizarse como instrumento de presión política y económica”, “luchar por todos los medios para erradicar el hambre” y “buscar un comercio más libre y justo”.
Los críticos consideran que lo acordado constituye un paso atrás, ya que en 2004, todos los Estados miembros de la FAO habían adoptado directrices para asegurar el derecho a la alimentación.
La resistencia de los países ricos a condenar las barreras comerciales y los subsidios; la negativa de algunas delegaciones a aceptar la liberalización de las exportaciones, el rechazo a mencionar que las medidas restrictivas que aumentan la volatilidad de los precios concierne especialmente a las naciones desarrolladas, fueron algunos de los elementos que impidieron que el texto final incluyera las razones de fondo por las cuales se están produciendo las alzas en los precios.
No obstante, Jacques Diouf, director general de la FAO, fue claro y contundente en su crítica a los países desarrollados por dar la espalda y dejar que se magnificara la crisis alimentaria. “Nadie entiende cómo es posible crear un mercado de emisiones de carbono de $64 mil millones en los países desarrollados, pero que no puedan obtener financiación para evitar la deforestación de 13 millones de hectáreas por año”.
También censuró Diouf las multimillonarias subvenciones y las políticas arancelarias, que tuvieron el efecto de desviar del consumo humano 100 millones de toneladas de cereales para destinarlas a combustibles.
Lo único concreto logrado durante el evento fueron los anuncios del Banco Mundial, el Banco Africano de Desarrollo y el Banco Islámico de Desarrollo, así como de algunos países, entre ellos España, Francia, Inglaterra, Japón y Venezuela, de que incrementarán sus donaciones para combatir el hambre y promover el desarrollo agrícola.
Sin duda la Cumbre Alimentaria quedó en deuda. No se lograron compromisos concretos y la especulación en el mercado de alimentos, los monopolios de la distribución, el cambio climático, las barreras al comercio, los efectos reales de los biocombustibles y las políticas macroeconómicas son problemas apremiantes para los que no hubo respuestas.