Alvaro Madrigal

Alvaro Madrigal

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Jueves 3 Octubre, 2013

En cosa de 25 años la producción agrícola tradicional que proveía un 50% de las necesidades, se redujo al 25%. Su consecuencia: desempleo, migración rural, pobreza y hambre


De cal y de arena

El agro agraviado

Cuando a un grupo de frijoleros que invade la calle para demandar la atención del gobierno sobre tan desvalido sector del agro, le cae encima la nueva versión de las brigadas de choque, ahora provistas de las armas reemplazantes de la cincha y el black jack, queda desnuda la grave omisión del Estado que por años y muchos años se ha desentendido de los importantes segmentos que se dedican a la agricultura de subsistencia y al aprovisionamiento de alimentos para el mercado interno sin los cuales, por cierto, es imposible alcanzar la meta de la seguridad alimentaria de la que tanto se habla en un mundo lleno de contradicciones, de veloz crecimiento demográfico y alta carga de demanda.
Los segmentos sociales con acceso al poder político no son los que se lanzan a la calle. Ni los cafetaleros ni los bananeros ni los azucareros, de fuerte presencia en los centros de poder y en la definición de las políticas de Estado. Los valientes polizontes de las GAO y las otras denominaciones toman a los frijoleros y demás “chancletudos” del agro para demostrar sus habilidades en punto a “restaurar” el orden público y devolverles paz y sosiego a los jerarcas del ramo, que hace rato no se desvelan por los compromisos adquiridos por los jefes de Estado centroamericanos en diciembre de 2002 de asegurar un marco estratégico idóneo para afrontar las cuestiones de seguridad alimentaria.


En cosa de 25 años la producción agrícola tradicional que proveía un 50% de las necesidades, se redujo al 25%; el segmento de granos básicos ha sido apaleado con marcadas caídas de la producción de arroz, frijol y maíz. El faltante se cubre con importaciones, recurso que no resuelve otros problemas colaterales como el desempleo y la migración rural, la pobreza y el hambre.
El Programa Agro Banca del Banco Nacional y su cartera crediticia de ¢154 mil millones podría quedar marcado por la frustración del sector al cual va dirigido mientras no haya una política de Estado con las características sugeridas al gobierno por la Cámara Nacional de Agricultura meses atrás en un clamor que parece haber caído en sordos oídos.
Es una visión omnicomprensiva del heterogéneo sector, su potencial y las barreras que lo atenazan no importa si es la agricultura especializada con alta presencia tecnológica o si es la agricultura de subsistencia o la de alto potencial de transformación, a la espera del impulso que sí reservó el Estado para la producción no tradicional exportable, el turismo y el mundo financiero.
El vacío ha posibilitado la aparición de la economía de la desigualdad con un Estado, por una parte, influyente en la conformación del vigor de una vertiente del aparato productivo y por la otra, ausente, para con “la vieja economía” que encuentra en el agro su mejor expresión.
Por ahí vienen el deterioro de la desigualdad, el incremento de la tasa de desempleo, la creciente brecha entre la pobreza rural y la urbana y buena parte de la inseguridad ciudadana. Una peligrosa realidad que —lo veremos— ante la cual no tardarán los candidatos presidenciales en improvisar preocupación.

Álvaro Madrigal