Miguel Angel Rodríguez

Miguel Angel Rodríguez

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Lunes 11 Diciembre, 2017

El peligro de escoger con el hígado

Desde la antigüedad hemos atribuido a diversos órganos el origen de nuestra consciencia y nuestras decisiones.

Cuando pensamos en nuestra supervivencia y las necesidades más básicas pensamos en el estómago. Si no nos alimentamos, morimos. Claro que satisfacer esa necesidad es fundamental y es muy apropiado darle toda la consideración que merece.



Desde la Atenas clásica escoger racionalmente es una aspiración muy bien evaluada. La cabeza, el cerebro, adquiere preponderancia con el Renacimiento, Descartes y la Ilustración. La diosa razón reina en la Ilustración, en la ciencia, la tecnología y reclama hacerlo en el diseño social de diversas utopías.

Con el cristianismo el corazón —morada de la sabiduría en el judaísmo— se convierte en la fuente del amor y postula actuar en favor de la armonía impuesta por Dios, de nosotros mismos y de los demás, como fundamento de nuestras escogencias.

Pero también desde Caín el hígado ha jugado un papel fundamental en la humana evolución. La envidia por los triunfos de su hermano Abel introduce el resentimiento, el odio y el asesinato al mundo.

¡Cuidemos de cuál órgano prevalece, pues eso tiene consecuencias, que pueden ser nefastas si impera el hígado!

Necesitamos sobrevivir y para ello alimentarnos y resolver las necesidades materiales: el estómago debe ser tomado en consideración. Para ser felices personal y socialmente es imprescindible amarnos y amar al prójimo: el corazón debe estar presente. Nuestros recursos, el tiempo, los conocimientos son muy limitados por lo que requerimos usarlos eficientemente: la razón y la cabeza son indispensables.

Si prevalece el corazón podemos ser santos. Si impera la razón, ser sabios. Si se impone el estómago, ser ricos.

Pero si predomina el hígado seremos peligrosos e infelices.

Peligrosos porque cuando imperan la envidia y el odio se impone la violencia que genera una enorme fuerza destructiva.

Infelices porque el odio y la envidia nos llenan de insatisfacción, nos impiden disfrutar de lo que tenemos y lo que somos —por aspirar a lo que otros tienen y son— y lleva incluso a perder la salud. La envidia, el resentimiento y el odio nos dañan, y si nos mueven a la acción, también dañan a los demás.

En este proceso electoral cuidémonos de no caer bajo el imperio del hígado, como ha ocurrido en otras latitudes, para desgracia de sus pueblos.

Escojamos con el estómago alternativas que favorezcan el progreso material, la construcción de infraestructura, la eficiencia de los servicios públicos.

Escojamos con la cabeza candidato, equipo y programa que nos den tranquilidad de su capacidad para generar acuerdos, organizar adecuadamente las instituciones y ser eficientes en el uso de los conocimientos y los escasos recursos.

Escojamos con el corazón el partido que nos garantice una visión y compromiso con la justicia social y la preferencia por los pobres, dirigiendo en su beneficio lo mejor de la acción gubernamental.

Pero ¡mucho cuidado! No nos dejemos llevar a escoger con el hígado a quienes solo nos ofrecen el odio hacia otros, la violencia como instrumento y su soberbia como garantía de su valía.

No caigamos en la trampa del populismo.