Dos a cuatro
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Dos a cuatro

Cuento de Miguel Mondol

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“…debe haber hecho un pacto con el diablo. No hay otra explicación”
Radamel Falcao (La Nación, 7 julio 2014, p. 14)

Mi nombre no importa. Nací y crecí en una isla del Mar Caribe donde aún me esperan mi esposa y mis tres hijas. Adversas circunstancias me arrojaron hacia Costa Rica. Hace siete años trabajo en Guanacaste, como cocinero del señor van Creoll, un centroeuropeo cuya bondad me ha hecho olvidar que sus antepasados explotaron a los míos.

Reconozco que César, un amigo pianista, me había alejado del fútbol. Pero el sábado fue excepción. El señor van Creoll invitó a su grupo de amigos para observar un partido entre dos selecciones participantes en un torneo mundial. Continuos viajes desde la cocina a la terraza, donde se reunieron, me obligaron a observar interrumpidamente el encuentro. Desde el inicio noté cómo la bola se negaba —sí, se negaba— a ingresar en el marco del equipo nacional. Extrañamente pegaba en los postes o en el travesaño, dando la impresión que alguien, externa y expresamente, los corriera o lo bajara. En otras ocasiones un increíble portero nacional detenía o repelía lo imposible.

El señor van Creoll, entre enojado y diplomático repetía a sus contertulios: “un portero sin suerte no es portero”. Menos laico yo sí me atreví a pensar: “debe ser la mano de Dios favoreciendo a un pequeño pueblo contra Goliat”. También pensé: “debe ser la mano de Dios intercediendo —como en 1986— a favor de una mayor equidad mundial”.

El partido se extendió a tiempos extras. Hacia el final, sucedió lo extraordinario. Treinta y tres segundos antes de concluir, el angustiado entrenador del equipo centroeuropeo convencido de que Dios protegía a la otra selección dio curso a una decisión muy pensada y audaz: pidió el cambio de su portero. Ingresó el otro: alto, fornido, rubio. Se diría hermoso. Entró altivo y desafiante, increpando a todos. Corrió hacia el marco donde se ejecutarían los lanzamientos desde el tiro de penal y asustó al árbitro y a los jugadores contrarios moviendo con sus largas y poderosas manos el travesaño y los postes laterales. Les miraba e increpaba con ojos fieros y desorbitados…

El resultado ya es conocido: el recién ingresado detuvo, como si nada, dos ejecuciones desde el punto de penal realizadas por sendos jugadores nacionales quienes seis días antes habían puesto de rodillas al mejor portero griego. Con la victoria centroeuropea el arquero fue alzado en hombros por sus compañeros. La maravilla de la televisión me permitió verle de cerca. Creí reconocer un espíritu encarnado que treinta años atrás, en mi natal Caribe, interrumpía nuestros sagrados rituales animistas. Pedí permiso al señor van Creoll y me reiteré a mi cuarto a rumiar sin entender lo que había visto.

La nieta menor de mi patrón, a quien le reconozco facultades parasíquicas, surgió frente a mi pequeño televisor. Dijo: “Mira, para que entiendas” y marcó un canal imposible donde pude observar lo que nadie vio:

Ya dije que el portero salió de la cancha en medio de aplausos. Pero en el novedoso canal vi cómo al ingresar a la zona de camerinos, sus compañeros se le alejaron rápidamente, mientras el guardameta era conducido a un cuarto particular escoltado —custodiado, diría yo— por su entrenador y tres sacerdotes calvinistas quienes le bañaban en agua purificada y le sermoneaban en latín. El desaforado entrenador suplicaba a los clérigos: “regrésenle a su estado y a su sitio normal”. Entre todos le condujeron a un camerino particular donde no pudo entrar la cámara televisiva, pero sí pudo observarse cómo debajo de la puerta salía un humo denso. Treinta y tres minutos después cabizbajo y perdido le condujeron hacia una salida lateral del estadio. En las afueras, confundida entre tantas otras, una microbús le esperaba bajo el disimulado título de “Sociedad Mundial de Exorcistas de Reciente Aprobación”. Fue entonces cuando plenamente comprendí.


Miguel Mondol

 


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