Alvaro Madrigal

Alvaro Madrigal

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Jueves 14 Noviembre, 2013

Es peligroso y muy grave que el acceso a la financiación de los partidos se haga depender de lo que digan las encuestas


De cal y de arena

Democracia con raquitismo

De cómo la calidad de la democracia costarricense acelera su marcha en un proceso involutivo, es un claro referente lo que está sucediendo en la presente campaña electoral.
Más de una decena de papeletas presidenciales no es sinónimo de fortaleza cualitativa del sistema. Tampoco es anticipo de la llegada de un mandato fuerte y de líneas claramente definidas.
Mucho menos presagia la llegada de tiempos de partidos con apoyos de amplia base. Prevalece una atmósfera enrarecida en la que un alto porcentaje de los ciudadanos opta por ocultar su vocación política o simplemente prefiere alejarse del proceso.
No hay liderazgos capaces de despertar entusiasmo por una figura, por una bandera, por un proyecto. Hay desconfianza política y pérdida de credibilidad en partidos y sus agentes, resultantes de la suma de burlas, errores e inepcias que se repiten imperdonablemente en las candidaturas.
De ahí que a pesar de la cercanía del día de las elecciones, no haya manera de hacer pronósticos confiables de lo que va a resultar este 2 de febrero.
Para mayor confusión, las empresas encuestadoras se desgastan (más de lo que están) en una polémica y contradictoria carrera por averiguar los afectos del ciudadano, mas sus anuncios multiplican la desorientación y desnudan incoherencias que parecen originarse en manipulaciones a la medida del interés de quienes pagan.
La robustez de la democracia está muy influida por la calidad de los procesos electorales. Apartando el importante expediente de la limpieza de las elecciones, si se trata de hablar de ejemplar calidad en los procesos debe esculcarse todo lo que ocurre en la agenda previa a los comicios, tanto a lo interno de los partidos cuanto a sus diligencias procesales y su acceso mediático.
De suma trascendencia es la equidad en el acceso a las herramientas propias de la disputa electoral, particularmente por el lado de la financiación de la campaña y del tratamiento que dispensen las empresas periodísticas a los partidos, temas en los que surgen grandes interrogantes sobre si el Tribunal Supremo de Elecciones ha entendido la tarea que debe imponerse a fin de infundirle calidad de primer orden al torneo electoral y a la democracia.
Es peligroso y muy grave que el acceso a la financiación de los partidos se haga depender de lo que digan las encuestas hechas por empresas que como bien pueden obedecer a inspiraciones angelicales, también las pueden tener demoníacas.
Igual peligroso y grave es el sesgo que imprimen los medios a las informaciones de los partidos y los candidatos. Los periódicos no son actores neutros, son agentes de poderes fácticos, es cierto, pero ello no legitima arremeter contra la imparcialidad, la exactitud, la responsabilidad social y las reglas de la veracidad a la hora de transmitir la noticia.
Está a la vista que el poder de los medios y el abuso con las encuestas llega a extremos de inducir ascensos o caídas de candidaturas y hasta a sellar la asfixia económica de un partido. Esto habla mal de la calidad de la democracia.

Álvaro Madrigal