Vilma Ibarra

Vilma Ibarra

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Miércoles 12 Mayo, 2010


Hablando Claro
De debates y deliberaciones….

El nuevo Congreso empieza a ejercitarse en el oficio deliberativo con dos temas complejos: la reforma al artículo 78 de la Carta Magna y en palabras del diputado Walter Céspedes el “justo y oportuno” (¡válgame la Real Academia con el festín de los adjetivos) aumento de casi el 100% de su propio estipendio.
Debo admitir que del aumento salarial no tengo ganas de escribir porque, por un lado estoy de acuerdo en que se justificaba un incremento, pero, por otro, es indefendible en nuestro contexto idiosincrático, que la mayoría de diputados crea que exista forma alguna de patrocinar la procedencia de golpe y porrazo de un incremento tan elevado... aun cuando el nuevo pero experimentadísimo Ministro de la Presidencia haya salido oficioso en la defensa.
En fin, en lo que al emolumento de los legisladores se refiere, cualquier argumento en contra parece por ahora estéril, habida cuenta de la aplastante mayoría para proceder. Parece por ello que la apuesta será aprobarlo tan rápido como sea posible para capear el aluvión de críticas e intentar dar vuelta a la página cuanto antes. Si así fuera, este Congreso quedará marcado por haberse servido con la cuchara más grande. Excepto, que haya contraorden de Zapote… y acepten servirse con una medida menos empachosa…
En cuanto a la modificación del artículo 78 me adhiero a las tesis de los diputados Villalta, del Frente Amplio, y Fishman, de la Unidad: la primera es que la transformación debería ir aparejada con la postergada reforma fiscal para dotar de contenido (dinero contante y sonante) a la hermosa prosa constitucional.
Qué sentido tiene discutir cómo podrían invertirse los ¢336 mil millones que recibiría la educación pública si se elevara constitucionalmente la asignación del 6% al 8% del Producto Interno Bruto, si primero no está claro de dónde saldrían los recursos de ese aumento, para no tener que pasar por la siempre dolorosa tarea de desvestir un santo para mudar al otro o, caso contrario, tener que enfrentar la penosa realidad de dejar la reforma en puro papel ante la imposibilidad de dotarla de contenido presupuestario.
Estamos plagados de montones de leyes que no se pueden ejecutar simplemente porque en su momento se aprobaron con una liviandad política espeluznante. Ordenes de “hágase, no importa cómo”. O, “si no se hizo fue porque del todo no se pudo, pero intención sí hubo”…
Al respecto, el ministro Leonardo Garnier habló claro al señalar que no podemos seguir teniendo aspiraciones educacionales finlandesas con cargas tributarias guatemaltecas. Dicho de otra forma, no puede haber más chocolate sin cacao y nuestra limitadísima carga tributaria del 13% definitivamente no da para más.
Según lo entendí, el rector de la enseñanza también apunta en la misma dirección del diputado Fishman, resaltar la conveniencia de que la reforma establezca la asignación gradual de los nuevos recursos que se tendrían, de modo que fuese acorde con el aumento paulatino de la cobertura educativa. Don Leonardo ya muestra logros de una política educativa exitosa pues en estos últimos cuatro años la cobertura en la educación diversificada, por ejemplo, aumentó del 66% al 78%. De modo que, independientemente de los ajustes y precisiones que se la hagan a la reforma al 78 constitucional, lo que parece quedar cada vez más claro es que no podemos seguir tirando la pelota para adelante, evadiendo la discusión y aprobación de la reforma fiscal que el país necesita y merece.

Vilma Ibarra