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Miércoles, 21 de noviembre de 2018



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De los jubilados, pensionados, retirados, de la tercera edad y adultos mayores

Vladimir de la Cruz [email protected] | Miércoles 01 noviembre, 2017


Pizarrón

De los jubilados, pensionados, retirados, de la tercera edad y adultos mayores

Trabajé para la Universidad de Costa Rica y para la Universidad Nacional, poco más de 40 años, como docente. No he trabajado más que para la docencia universitaria. Cuando me acercaba a los 40 años de trabajo docente universitario se me pidió colaborar con el país, asumiendo la Embajada de Venezuela, durante los últimos dos años de la administración Arias Sánchez, 2008-2010, y así lo hice.

No trabajé para el Ministerio de Educación, en educación secundaria, aunque lo intenté, probablemente por razones políticas. A principios de la década del 70, con un título de Bachiller en Historia y Geografía, intenté trabajar en colegios de secundaria. Me presenté, como muchos, o quizá todos, al Servicio Civil, que era la institución por medio de la cual había que acreditarse con exámenes y presentando los papeles para trabajar como profesor de secundaria. Un tío mío, Renán de Lemos Rodríguez, había sido director del Servicio Civil hasta 1969. Ese año el presidente José Joaquín Trejos Fernández lo removió, según entendí, por conversaciones de familia en esos años, por mi militancia política comunista, que afectaba a mi tío y se la cobraron de esa manera. Él no era comunista, era calderonista, había peleado con los coyotepes en 1955, y fue candidato a diputado por el Tercer Frente, de Virgilio Calvo, en las elecciones de 1970. Pero le facturaron mi militancia comunista…

El Servicio Civil siempre me rechazó para trabajar en colegios, en secundaria. Seguramente, a las autoridades del Servicio Civil, en ese entonces, por presión política superior, les daba miedo que yo diera clases a jóvenes colegiales. Por esa época también estudiaba Derecho, y tenía oficina, desde la cual llevaba casos, como se acostumbraba en esos años, bajo la firma de los abogados Jaime Cerdas Mora y Rodolfo Cerdas Cruz, su hijo, quienes me autenticaban mis escritos y me prestaban sus protocolos. Por este motivo, el rechazo a trabajar en la educación secundaria no me golpeaba tan duramente.

En 1973, salía de las luchas estudiantiles universitarias, por haber concluido los estudios, donde me había desempeñado y distinguido como dirigente estudiantil comunista, y era la figura quizá más visible públicamente, y más sonada de esos años, por lo que me interesaba trabajar, además de que estaba recién casado. Era, dichosamente, asistente del profesor Rafael Obregón Loría, quien me apoyaba, y me abrió el espacio para desarrollarme como profesor en la Universidad de Costa Rica rápidamente. De modo que el rechazo del Servicio Civil repercutió para que don Rafael me “sostuviera” como su asistente, y en la primera oportunidad que tuvo, él era director del Departamento de Historia, me diera un cuarto de tiempo, con el que inicié mis pasos en la carrera universitaria, y dejé de ser su asistente académico, pero siempre fue mi Gran Maestro, mi Gran Amigo.

Hice mi vida universitaria con la idea de morir con las botas puestas en la docencia. Ya habían eliminado la restricción del retiro obligatorio a los 70 años, de manera que me veía trabajando hasta la muerte. A don Rafael Obregón lo obligaron a retirarse a los 70 años, y dichosamente siguió produciendo hasta su muerte, muchos años más.

Mi carrera universitaria se interrumpió con la Embajada de Venezuela, 2008-2010. Renuncié a la misma cuando terminó el gobierno de Óscar Arias, a pesar de que se me solicitó mantenerme un tiempo más, con el nuevo gobierno de Laura Chinchilla, y me reintegré al trabajo universitario, que era mi pasión, a mediados del 2010, en el segundo semestre ya estaba incorporado, de nuevo al trabajo universitario.

Cuatro años más de carrera universitaria, para un total de más de 40 años de servicio a la docencia y a la enseñanza de la Historia de Costa Rica y de la Historia del Movimiento Obrero Costarricense, un curso que desarrollé ininterrumpidamente desde 1980.

Una situación de salud que prendió alarmas, y una importante operación, me indicaron que era hora de retirarme de la docencia. También quería dedicarle más tiempo a la familia, a mi esposa en primer lugar, a mi prole y para disfrutar mis nietos, hasta donde se pueda. El retiro lo hice con la misma dignidad con que me hubiera mantenido trabajando en la docencia universitaria hasta la muerte. La amenaza a mi salud fue la que detuvo mi trabajo académico.

La operación dichosamente salió muy bien y corrigió todos los males que habían prendido las alarmas. La decisión del retiro, de la jubilación, estaba hecha, no había marcha atrás.

No le tenía miedo al “tiempo libre” que la jubilación podía acarrearme. Sabía que tenía muchas cosas que hacer.

Me puse metas a cumplir en mi tiempo jubilatorio. Una de ellas recoger todo lo que había escrito en periódicos, desde mi tiempo de juventud hasta hoy, repasar con ello cómo he visto las cosas, los sucesos y eventos históricos, personajes y situaciones. Obviamente, recoger lo que académica y profesionalmente produje, y lo que sigo escribiendo, en artículos de periódicos, conferencias que sigo dando. Esto lo he ido recogiendo y publicando, en estos últimos tres años, en 11 libros, y sigo preparando otros. Esto me mantiene bastante ocupado, aparte de las invitaciones que tengo de participar en distintos programas radiales con comentarios de diversa naturaleza, política, histórica, cultural.

Veía a otros colegas pensionados con graves problemas de esta naturaleza, de tenerse que recluir en su casa, sin tener cosas importantes que hacer, sin un plan de trabajo, sin metas en el tiempo de retiro. Muchos disputando en su casa los espacios con la señora, con la trabajadora doméstica, con las mascotas, con los hijos y los nietos, en la cocina, la sala, en el uso de la tele…

Recibí hasta una amable invitación para asistir a un grupo de profesores jubilados, que se reúnen semanalmente, con el propósito terapéutico de intercambiar sus experiencias jubilatorias, para irse adaptando de mejor forma a ese nuevo estado de “los pensionados”, los “retirados”.

En mi caso no me vi en la necesidad de asistir a este grupo de estimables compañeros. Dichosamente mi esposa y yo siempre hemos tenido nuestros espacios, los propios y los comunes, en la casa y fuera de la casa, así como los amigos propios y los comunes. Estos espacios siempre los hemos respetado y siempre los hemos disfrutado conjuntamente. Ahora le dedico más tiempo directo, y de calidad, que antes, sin que ello interfiera en mi espacio, mi tiempo, mis horas de sueño, mi inquietudes laborales, hoy domésticas, porque trabajo en mi casa. Mi esposa está pensionada por la CCSS y sigue trabajando en lo suyo, de modo privado, en su trabajo científico, como gran patóloga que es, aportando con su conocimiento, en el diagnóstico de enfermedades, procurando salvar y prolongar vidas, desde su Laboratorio de Patología. Yo trabajo en lo mío, desde mi oficina y desde mi biblioteca y centro de documentación, escribiendo… y hablando... de vez en cuando, o cuando me invitan a hablar.

Como pensionado, por el tiempo libre que ello me produce, puedo atender invitaciones a charlas, conferencias en colegios, a entrevistas de estudiantes y otros interesados, de periodistas, puedo compartir tiempo con amigos que antes no hacía, por los compromisos de los horarios académicos que tenía.

Hasta al patio le dedico tiempo, lo que antes no hacía. Ahí recojo orégano, chayotes blancos, verdes y negros, moras, bananos grandes y pequeños, plátanos, cases, guayabas, limones dulces, limones para fresco, naranjas. Ya me he comido dos nances, dos aguacates, y dos higos de los sembrados en el patio. Los chayotes blancos no los he probado porque se los han llevado mis nietas.

Hace como tres años, con 69 años encima, hoy hacia los 72, estaba haciendo fila en un banco cuando se acercó uno de los guardias, muy gentilmente me preguntó si yo era de la tercera edad. Le respondí que sí, y me trasladó a una ventanilla especial, en ese momento sin un alma. Confieso que me sentí incómodo de que me dieran esa preferencia ante las personas que continuaban haciendo fila, pero la agradecí porque la fila era enorme. Desde entonces aprovecho la ventanilla de la tercera edad. A veces con buen resultado de tiempo. A veces no tanto. A veces sigo usando la fila ordinaria. A los bancos, cuando tengo que hacer fila generalmente llevo un crucigrama, de cualquier periódico, con el que me entretengo en la fila o mientras espero sentado. El crucigrama también lo llevo en el carro para entretenerme en las presas. Es un buen consejo para quien hasta aquí lea.

Todos los pensionados del sector público, gobierno y sus instituciones centralizadas o descentralizadas, una vez que nos pensionamos no podemos trabajar para el Gobierno o sus instituciones. Podemos hacerlo, si lo quisiéramos, y si nos contratan, en el sector privado. Así se tendrían el salario y la pensión. Pero, si trabaja en el gobierno o recibe el salario, si es mayor que la pensión, la cual suspende, o sigue con la pensión sin recibir el salario, si la pensión es mayor que el salario, lo cual es un absurdo porque es un nuevo trabajo. Un pensionado del magisterio nacional no puede trabajar en el magisterio público, sí en el privado, tampoco con el Estado. Ni como servicios profesionales, porque ya no se permiten estos contratos.

En el caso de los pensionados del sector público se les castiga con que no pueden trabajar en ninguna de las instituciones del sector público, aun aquellas de las que no se pensionó.

Digo esto porque con frecuencia se habla, y se escribe, de las personas mayores de 60 años, de los adultos mayores de 65, o más, que deben trabajar como parte de la posibilidad de su edad, de su envejecimiento, tratando de que el trabajo, el empleo dignifique al adulto mayor, además de que le pueda ser indispensable el trabajo por el ingreso que le depare.

De acuerdo con los datos estadísticos nacionales, del Instituto Nacional de Estadística y Censos, INEC, en Costa Rica hay en este momento, 740.105 personas mayores de 60 años. Todos son votantes, son una fuerza electoral importante. De todas estas personas un poco menos de la cuarta parte, 175.066, tiene trabajo o empleo. De estos la tercera parte trabaja en el sector informal de la economía. Al resto, a 557.232, se les considera incalificables para trabajar por distintas razones. Y de todos los adultos mayores el INEC considera una cifra muy baja de desempleados.

Lo cierto es que todos los mayores de 60 años no reciben o no tienen una pensión. Por esta razón también se establece que trabajar después de los 60 años es un derecho, un derecho humano inobjetable, inalienable, para asegurar un ingreso que permita una mejor calidad de vida y más digna. El Ministerio de Trabajo promueve algunas iniciativas para desarrollar emprendedurismo en esta población.

Las personas que están incorporadas al proceso de producción, a trabajos, están cubiertas por algún sistema de jubilación. En Costa Rica se han desarrollado varios sistemas. Las personas no los escogen. Se ubican naturalmente en ellos al momento de incorporarse a trabajar. Unos tienen más cobertura financiera, como pensión, que otros. Así por ejemplo, los que trabajan en el sector magisterial, y cotizan para la Junta de Pensiones del Magisterio Nacional, tienen posibilidad, con sus años de trabajo y edad, de tener una mayor pensión que los que trabajan para el Estado y están cubiertos por el régimen de la CCSS.

A los años de trabajo y edad suman también los méritos profesionales de cada trabajador y los puestos que haya desempeñado, o tenga al momento de jubilarse, así como el número de cuotas que haya pagado al sistema jubilatorio. El mínimo de edad oscila entre 65 y 60 años de edad para hombres y mujeres, y entre 25 y 30 años mínimo de trabajo, en los distintos sistemas jubilatorios del país.

Los sistemas jubilatorios existentes en el país son leyes de la República, que las ha aprobado la Asamblea Legislativa. Ninguno de los regímenes de pensiones existentes han sido aprobados por decretos ejecutivos del presidente de la República y su ministro de Trabajo. Los han aprobado los diputados. Cuando se han hecho reformas a los sistemas de pensiones las han hecho los diputados, como las reformas que se le han hecho al Sistema de Pensiones del Magisterio.

Las leyes de la República no tienen efectos retroactivos, nada más en aquellos aspectos que beneficien a los ciudadanos, nunca en su perjuicio. La modificaciones que se hagan a las leyes atenderán siempre a los nuevos trabajadores que empiezan a trabajar a partir de la vigencia de esas reformas. Así es como funciona el Estado de Derecho.

En mi caso, a los 68 años, cuando me pensioné, el proceso de jubilación lo hice con la institución con la que siempre había estado afiliado, la Junta de Pensiones del Magisterio Nacional, que tiene un sistema muy sólido y muy bien administrado. Cuando a mediados de la década del 90 se promovió el traslado de docentes a la CCSS, yo no lo hice. Seguí cotizando el 16% del salario, como lo hago con la pensión actualmente, bajo el régimen solidario que este sistema tiene. Los que se pasaron, entre otras razones lo hicieron para no pagar el 16% mensual del salario como aporte al régimen de pensiones del Magisterio. Los que se pasaron optaron por otra alternativa y de pensión futura. El que no me hubiera pasado a la CCSS me significa una pensión mayor de la que recibiría si me hubiera pasado a la CCSS. He cotizado para ese sistema jubilatorio del Magisterio y para la pensión que me correspondió.

Las reglas con las cuales me pensioné estaban dadas. Estaban hechas al momento en que me acogí a la pensión. Nunca intervine con actos personales de ninguna manera para beneficiarme con el sistema jubilatorio al que pertenezco, como no actúa, ni puede actuar, ninguna persona con el sistema que le corresponde.

El sistema de pensiones que le toca a cada persona es en la práctica un contrato de adhesión, lo que significa que la persona lo acepta sin poder actuar sobre él. Es como el contrato que establece una persona con el banco cuando firma la apertura de una cuenta corriente, o una tarjeta de crédito o débito, o como el que se firma en determinados contratos de servicios.

El sistema de Pensiones del Magisterio había sufrido modificaciones que no me afectaban por mi antigüedad laboral en el campo docente, más de 40 años de trabajo docente, de educador.

Si hay situaciones irregulares en el otorgamiento de pensiones, eso se puede y debe corregir, y se debe impedir que se sigan cometiendo esas irregularidades si existen. Los sistemas de pensiones existentes son específicos y en su especificidad o particularidad deben analizarse.

Lo que se debe hacer es luchar por mejorar las pensiones más bajas. Ojalá lograr que ninguna pensión sea menor que un salario mínimo, y que todas las personas de Costa Rica, de la tercera edad, adultos mayores, por su edad, tengan al menos su pensión cubierta.

Las pensiones no crecen como los salarios anualmente. Pero al igual que los salarios se puede regular su crecimiento a la inversa. Por ejemplo, en lugar de establecer un aumento del 10% anual, de salario o de pensión, es un ejemplo, el aumento puede hacer escalonado a la inversa, así: un 1% a los salarios y pensiones más altos entre A y B, un 2% a los salarios pensiones que siguen hacia abajo entre C y D, un 3% a los salarios pensiones que siguen hacia abajo entre E y F, un 4% a los salarios pensiones que siguen hacia abajo entre G y H, un 5% a los salarios pensiones que siguen hacia abajo entre I y J, y el 10% a los salarios pensiones que siguen hacia abajo entre K y L. De esta manera habría una mejor distribución de la justicia remunerativa. Aquí se actúa al revés. Cuando se adopta un incremento se hace parejo para los salarios y pensiones más bajas y para las más altas. Con la proporcionalidad que sugiero todos ganan proporcionalmente a sus ingresos o beneficios salariales o jubilatorios.