Luis Alberto Muñoz

Luis Alberto Muñoz

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Viernes 14 Enero, 2011


¡Costa Rica necesita ejército!


Por supuesto que no.
Es claro que por la indolente, cínica y pusilánime respuesta internacional ante la invasión que sufrimos de Nicaragua, se pueda caer en la tentación de pensar en la conformación de un ejército, o “fuerzas de seguridad”, sea cual sea la semántica que se quiera utilizar para ello.
La guerra es simplemente un negocio para los países que venden armas.
Los países que las compran se empobrecen más y se matan entre sí.
Si Costa Rica contara con un ejército es posible que ni siquiera lo hubiese utilizado contra Nicaragua, por las mismas razones que no se han empleado tácticas más agresivas, como cortar la electricidad que se les vende, detener remesas, bloquear los puertos nacionales para bienes nicas y cerrar la frontera.
Simplemente no es inteligente, no es nuestra identidad.
No disponemos de recursos y si los tuviésemos las consecuencias de una guerra son más destructivas que lo que se puede ganar.
El desesperado líder nicaragüense, Daniel Ortega, sabe que su berrinche en la frontera terminará en el momento en que prevalezcan las leyes sobre la brutalidad.
Nadie ha dicho que mantener la tradición pacifista de Costa Rica sea una tarea fácil y gratuita.
Por el contrario, fomentar esta cultura a un mundo de conflictos requiere coraje, y en esta ocasión a esta generación de costarricenses nos toca defender nuestro valor más noble y sublime como sociedad, la paz.
Costa Rica y su diplomacia deben mantener la cabeza sobre los hombros, y ver en nuestra convicción de pacifismo, una fortaleza moral y no una debilidad.
La paz tiene su costo, y en este caso poner la mejilla ante un enemigo que pisotea una esquina de nuestro territorio es doloroso, sin embargo, esta es a la vez una prueba de nuestra fortaleza y de lo que debemos pregonar al resto del planeta.
Costa Rica no se defiende con armas, sino demostrando las virtudes de un sistema democrático, de un Estado de derecho, donde por medio del esfuerzo y el trabajo nos convertimos en una sociedad de oportunidades, donde los seres humanos se pueden desarrollar hasta sus propios límites.
En plena era del conocimiento, las fronteras son límites mentales, muy relevantes si se toman en cuenta las nefastas consecuencias de los abusos del poder político, de la bestialidad de la ignorancia, del dolor, miseria y peligro a la estabilidad que producen ideologías acomodadas y antidemocráticas de líderes populistas y mezquinos, uno de ellos, nuestro vecino, Daniel Ortega.