Arnoldo Mora

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Viernes 12 Diciembre, 2008

Columna de humo

Arnoldo Mora

En días recientes el mundillo político nacional se ha visto conmocionado por el anuncio, tan intempestivo como inoportuno, de Rodrigo, hombre fuerte del actual régimen, proclamando “urbi et orbi” que en Costa Rica los problemas de la tan cacareada ingobernabilidad, solo se arreglan si se convoca a una Constituyente.
Hasta el momento, el único que ha salido a aplaudir esta ocurrencia ha sido el precandidato liberacionista antiarista más fuerte, actual y saliente alcalde de San José, Johnny Araya. A la precandidata oficial y supuestamente representante del liberacionismo arista, la cosa la cogió por sorpresa, ya que reconoció no haber sido informada con antelación, contrariamente a lo que su contrincante dijo de que sí lo estaba y de labios del propio Rodrigo.
Cabe entonces preguntarse qué pretenden los Arias, ya que a su regreso de un largo viaje por Asia, Oscar afirmó no estar de acuerdo con la convocatoria a una Constituyente, a pesar de que considera que la actual Carta Magna debe ser modificada a fin de hacer “gobernable” el país. Aún más, Oscar aclaró que, no solo estaba informado de lo que pensaba su hermano, sino que incluso en el gobierno hay especialistas en derecho constitucional que trabajan en elaborar propuestas que buscan modificar la actual Constitución.
¿Qué hay detrás de todo este jueguito de clan familiar gobernante? Lo primero que podría pensarse es que el hermano menor persigue ese protagonismo político, que caracteriza sus actuaciones públicas desde los días en que Abel Pacheco lo nombró asesor y Rodrigo se comportaba como si el gobernante fuera él. Ya en este gobierno, Oscar reconoció desde un principio y con no disimulada euforia, que su hermano era algo más que un ministro, pues él lo consideraba como su Primer Ministro. De hecho en la práctica, Rodrigo ha gobernado este país mientras Oscar se ha comportado como un monarca constitucional, que no pasa de ser un símbolo nacional que solo sirve para adornar las ceremonias oficiales y cortar cintas los fines de semana; mientras que, detrás de todas las renuncias de ministros y otros jerarcas y en los nombramientos de sus sustitutos, la mano de Rodrigo ha sido más que visible. ¿Es esto conveniente para el país? Mucho del desastre actual del gobierno, que se refleja en la caída de la popularidad del mismo según las más recientes encuestas y que posiblemente se acreciente en el transcurso del año que se avecina dada la gravedad de la crisis mundial, se debe a esa falta de liderazgo de un mandatario que se reconoce cansado, por lo que no se solventará llevando a dirigir al flamante nuevo Ministerio de la Comunicación a la locuaz diputada Mayi Antillón.
Lo que en realidad hay en el fondo es la incapacidad del régimen de asumir creativamente y en beneficio del pueblo costarricense una crisis, cuya gravedad los Arias no habían previsto y cuya salida no dan la impresión de que logren encontrar. Hoy el régimen hace evidente su fracaso en casi todos los campos. El maquillaje que pretenden que Mayi haga a este desgobierno no podrá disimular que ellos, los Arias, no son más que un cadáver que ya apesta. Por eso, la salida o exabrupto político del hermano menor (“menor” en todos los sentidos de la palabra) no pasa de ser más que una columna de humo.