Alberto Cañas

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Miércoles 24 Febrero, 2010


CHISPORROTEOS


Termino hoy mi comentario sobre el notable libro Las Presidencias del Castillo Azul, de Jesús Manuel Fernández Morales.
En mi primer artículo, me referí a las apreciaciones del autor sobre las administraciones de Alfredo González y Federico Tinoco. Pero ahora vamos llegando a la caída de la dictadura, y sus arbitrariedades y delitos finales. Así, puntualiza con mucho detalle la piñata que el dictador hizo de los fondos de Estado antes de irse de Costa Rica para no volver: desde alquilarle la Fábrica Nacional de Licores a un paniaguado por la suma de 200 colones mensuales, hasta adelantarle dos años de salarios a su hermano, nombrado embajador en Roma, y a otro funcionario diplomático de parecida catadura.

Es de recordar aquí, que The Royal Bank of Canada, que descontó el giro de dos años de salario a José Joaquín Tinoco, lo presentó para su cobro caída la dictadura y el gobierno de don Julio Acosta lo rechazó basándose en la Ley de Nulidades que anuló y declaró inexistente todo lo actuado por los poderes ejecutivo y legislativo en los treinta meses entre enero de 1917 y agosto de 1919. La negativa de Acosta fue avalada por un tribunal internacional ad-hoc en el llamado Laudo Taft de 1922.

Un capítulo interesantísimo del libro es el que dedica a los pocos días que gobernó don Juan Bautista Quirós, vicepresidente de Tinoco en quien este depositó el mando antes de salir con rumbo a Europa con una cantidad de parientes y paniaguados para no regresar jamás. El señor Quirós ha sido reconocido por la posteridad como un patriarca y un patriota, y en este libro se aclara una vez más la verdad sobre la alegada agresión a Costa Rica de que se hicieron eco algunos durante mucho tiempo, y que provocó la renuncia de don Juan Bautista. Se alegó que había en Limón un buque de guerra norteamericano que venía a bombardear. Ya un libro de Hugo Murillo y ahora éste, han demostrado que lo que llegó a Limón, proveniente del Puerto de Colón, fue una nave artillada cuya misión era llevarse de Costa Rica al cónsul norteamericano Benjamin Chase, amenazado de muerte por los tinoquistas, y a su familia, y que jamás hubo ningún propósito de agresión. Los archivos del Departamento de Estado, consultados por Murillo, así lo atestiguan.

Un capítulo interesantísimo de este libro singular, es el que dedica al gobierno de nueve meses de don Francisco Aguilar Barquero. Este ex juez y ex designado a la Presidencia asumió el poder como gobernante de facto, ante el empeño del gobierno norteamericano de Wilson de no reconocer ningún gobierno de Costa Rica emanado de la dictadura. El señor Aguilar Barquero había dejado de ser Designado a la Presidencia más de un año antes y por lo tanto solo pudo asumir el gobierno como presidente de facto, y —según él mismo lo afirmó— para convocar a elecciones y entregar el mando al que resultare electo. De este libro emerge don Chico Aguilar, así le llamaron sus contemporáneos, como un estadista en serio, perfectamente seguro y convencido de su papel, que formó el mejor gabinete que el país había visto en muchas décadas (Joaquín García Monge fue por única vez Ministro de Educación en ese gobierno), y fue a Aguilar Barquero a quien le tocó “levantarle las enaguas” a la dictadura y hacer públicas las barbaridades que había cometido; y al mismo tiempo presidir la elección que hizo Presidente al jefe titular de la revolución anti-tinoquista, don Julio Acosta.

Hablo ahora de la duda que la lectura del libro me despertó. Pese a que su padre, mi respetado abuelo don Rafael Cañas Mora, había aceptado ser uno de los designados a la presidencia durante el gobierno de Tinoco, presumo que por estar casado Joaquín Tinoco con una sobrina suya, mi padre fue un anti-tinoquista acérrimo, y un partidario y admirador hasta su muerte de don Alfredo González. En la Imprenta Minerva, propiedad de él y de don Sergio Carballo, se imprimían los bonos de la revolución, que se entregaban al tesorero de los alzados, don José Raventós, a quien el país le pagó este servicio y el haberle dado a la ciudad de San José un bello teatro, quitándole su nombre al teatro. Como dueños de esa imprenta don Sergio y mi padre fundaron el Diario de Costa Rica poco antes de la caída del régimen. Pues bien, en el libro que he comentado, se afirma que la Imprenta Minerva pertenecía al señor Carballo y a los hermanos José María, Juan José y Alberto Cañas, cuando lo cierto para mí es que mis dos tíos mayores no fueron condueños de la imprenta, sobre todo dada la posición tinoquista de ambos. Es cierto que, según me contó mi padre, su hermano José María fue nombrado administrador del nuevo periódico. Pero hasta donde yo sé, eso fue todo. Tiempo después, sin que nunca me contara por qué, mi padre se separó de la imprenta, y fundó con sus dos hermanos la sociedad Cañas Hermanos, dedicada a representaciones y agencias de empresas extranjeras, en la cual dieron trabajo a su padre, mi adorable abuelo Rafael, cuando éste se arruinó en 1921. Eso es todo. Y ustedes, lectores, no se pierdan este libro.

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