Alberto Cañas

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Miércoles 18 Febrero, 2009

CHISPORROTEOS

Alberto F. Cañas

Me parece que ese proyecto que ha formulado el excelente parlamentario que fue don Gerardo Trejos para reformar el concepto o significado del quorum en la Asamblea Legislativa, es lo más sabio y positivo que se ha producido en ese terreno en muchas décadas. Por lo menos desde que el reglamento que prepararon Daniel Oduber y Manuel Formoso Peña que entró en vigencia el 1 de mayo de 1962 y luego fueron destrozando a poquitos hasta acabar con él durante el interregno entre la elección presidencial y el advenimiento de la nueva Asamblea en 1994.

Creo que el de Costa Rica es el único parlamento del mundo al cual le exigen tener un número de miembros presente a todo lo largo de cada sesión. El resto —e incluyo de paso la Asamblea General de las Naciones Unidas— solo exige el quorum para abrirlas y para tomar decisiones. Pero no para escuchar las peroratas de sus miembros.

Recuerdo que una vez, hace de esto muchos años, visité la Cámara de los Comunes en Londres, esa madre de todos los cuerpos legislativos. Había un señor pronunciando un discurso, y todos los demás asientos vacíos. Le pregunté a mi guía si tal cosa era permitida, o legal, y me contestó que ausentarse del recinto es una manera que tienen lo miembros de la Cámara de manifestar su desaprobación a lo que estaba diciendo el orador.

En Costa Rica es un majadería eso de tener a los diputados amarrados en sus curules todo el tiempo sin necesidad y amenazados de perder su dieta. Por supuesto, nunca debe someterse nada a votación si no hay dos tercios del total de diputados (actualmente 38) presentes. Y si en cualquier momento de la sesión no aparecen los 38, los 19 o más que se ausentaron pierden su dieta.

Ya lo dije: sólo en Costa Rica se exige la presencia permanente y continua de los diputados en su curul. Y la práctica (o interpretación) del quorum anticuada y superada en el resto del mundo, obliga al Presidente aquí a interrumpir constantemente al orador y a contar si tiene treinta y siete colegas escuchándolo, porque si no los tiene el orador tiene que callarse hasta que vuelvan, con riesgo de perder el hilo de lo que está diciendo. Y hay una práctica muy cómica, que es la de que cuando un diputado quiere mortificar al orador, pide que se confirme el quorum y le descontrola la perorata. Adoptar la interpretación hoy universal del quorum haría más eficiente nuestra Asamblea Legislativa y de paso más cuidadosos a los oradores, so pena de quedarse solos.

Las dos veces que yo fui diputado adopté la costumbre (según lo que observé en Londres), de salirme del recinto cada vez que un colega comenzaba a decir disparates que no me interesaba rebatir, o a hacernos perder el tiempo (que yo podía muchas veces emplear mejor afuera). Cierta vez, uno a quien nunca me interesaba escuchar porque sólo tonteras hablaba y nunca dijo nada que valiera la pena aunque cada discurso suyo era una todología, me lo reprochó y me preguntó por qué cada vez que él hablaba, yo me salía y me quedaba detrás de la puerta. Le respondí que no había manera de salirse sin quedar detrás de la puerta, y que si él la conocía me la enseñara, y a otra cosa.

38 para abrir la sesión, y 38 para votar. Y que cada orador se explaye ante quienes tengan ganas o interés de escucharlo, o se preparan para debatir con él.

Ojalá que el proyecto de Trejos prospere pronto.

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