Sebastián Rodríguez

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Viernes 11 Enero, 2013

Lo que me parece más interesante del experimento es que los niños siempre fueron capaces de escuchar y percibir la belleza que tenían enfrente


¿Quiénes somos?

Cegados y ensordecidos

Una mañana de enero hace unos años, un artista se colocó a la entrada de una estación del metro. Estaba vestido de manera informal, pantalón de mezclilla, camiseta y gorra. Comenzó a tocar el violín y continuó por más de cuarenta minutos. Ese día más de mil personas transitaron por la entrada de la estación L’Enfant Plaza en Washington DC.
En los minutos iniciales de la primera pieza nadie se tomó ni un momento para escuchar o ver al violinista. Después de que muchas personas pasaran y el músico continuaba inadvertido, un hombre lo volvió a ver por unos instantes antes de continuar rápidamente por su camino.
El violinista había iniciado su concierto en el metro con la pieza “Chaconne” de la Partitura #2 de Johann Sebastian Bach. Considerada por muchos la pieza más difícil para violín, un hecho que pareció no importarles o no fue percibido por los pasajeros de camino a sus distintos trabajos esa mañana.
Una señora fue la primera en darle una propina de un dólar, pero sin detenerse a escuchar al músico y rápidamente continuando su camino. Más tarde, cuando había tocado varias piezas más, un señor identificó la belleza del concierto y se detuvo varios minutos hasta el final de la pieza. Al concluir, le dejó veinte dólares en el estuche del violín y rápidamente continuó su camino.
En varias instancias los niños paraban inmediatamente y se quedaban viendo y escuchando al violinista, hasta el momento en que los adultos los obligaban a seguir caminando. Y hasta el último momento, ya saliendo de la estación, los niños seguían volviendo a ver y deseando quedarse para escuchar las composiciones un segundo más.
Durante el concierto improvisado esa mañana, la gran mayoría de personas continuó su camino sin detenerse, excepto los niños.
Lo que muchos no supieron hasta después, era la suerte que tuvieron de escuchar esas piezas aunque fuera por pocos segundos. El violinista dando el concierto era Joshua Bell, uno de los mejores violinistas del mundo, y estaba utilizando un violín Stradivarius valorado en millones de dólares.
En ese concierto de casi una hora no logró recibir más de cincuenta dólares en propinas de los pasajeros. Pocas noches antes había tocado en la ciudad de Boston en la cual los asientos más baratos valían cien dólares.
Esto realmente sucedió y fue un experimento social coordinando por el Washington Post.
Los lineamientos fueron: en un entorno común, a una hora inapropiada: ¿percibimos la belleza? ¿Nos detenemos a apreciarla? ¿Reconocemos el talento en un contexto inesperado?
Lo que me parece más interesante del experimento es que los niños siempre fueron capaces de escuchar y percibir la belleza que tenían enfrente.
Este experimento, al igual que otras experiencias que he tenido en mi vida, me hacen preguntarme si en ocasiones, mis preocupaciones, metas o prioridades no me han cegado y ensordecido.

Sebastián Rodríguez Álvarez