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Lunes, 17 de mayo de 2021



COLUMNISTAS


Campaña cívica o batalla de insultos

Emilio Bruce [email protected] | Viernes 16 abril, 2021


El insulto y la descalificación no construyen. Las falsas noticias y las mentiras destruyen. La idiosincrasia de nuestros días de calificar a todo costarricense prominente de corrupto sin aportar pruebas, simplemente dando por sentada como cierta la opinión personal, o el rumor escuchado, es tremendamente dañina para todos, para el sistema de legalidad, para el poder judicial y para los individuos acusados que sin poder defenderse son juzgados y condenados de manera sumaria. El presunto uso político de la justicia es excepcionalmente dañino para la institucionalidad. Aparentes maniobras políticas de la Fiscalía General son en extremo peligrosas para la democracia.

La incapacidad manifiesta de diálogo y de acuerdo, de intercambio y de mutua concesión mostrada por los costarricenses es dramática. Las redes que han venido a empoderar a los individuos y a ampliar su libertad de expresar todo lo que piensan y sienten, ha generado también consecuencias imprevisibles. Las gentes dicen lo que sienten, pero no escuchan ni buscan aprender de quienes también opinan. No hay análisis y no hay concesión. Cuando una persona parece temible intelectualmente o un formidable adversario ideológico, los costarricenses nos hemos acostumbrado a asesinar su carácter, disminuir sus merecimientos y desacreditar su personalidad para que su mensaje llegue disminuido y debilitado a quienes deberían recibirlo fuerte y robusto.

Ha comenzado la campaña política que conducirá a la elección de febrero de 2022. En redes sociales y medios las expresiones de ira, odio, resentimiento y juicio parcial que uno lee asombran y sus consecuencias en la destrucción de la institucionalidad no se miden ni se quieren medir. Todos los políticos son unos sinvergüenzas para unos. Todos son forajidos descarados para otros. Las concepciones públicas de la clase dirigente nacional pareciera que describen bandas del crimen organizado. Hemos dejado de educar y nos hemos dedicado a deformar políticamente a los costarricenses. Hemos dejado de exaltar cualidades y destrezas, conocimientos y estudios, experiencia y sabiduría. Ahora insultamos fanáticamente. El insulto está al alcance de todos y se usa profusamente. Impresionante es el hecho de leer opiniones en las que se divide al país entre impolutos y forajidos.

El fulano, el precandidato del partido tal es un corrupto y de los mismos de siempre asegura una persona que con unos cincuenta años uno esperaría que tuviera más madurez y criterio. ¿Piden acaso elegir a los mejores? ¿Cuestionan cuáles son las destrezas o merecimientos para ser precandidatos? No, solo expresan querer caras nuevas que permitan descartar adversarios y limpiar de competencia la elección. Usan la destrucción como herramienta. Cientos de personas a sueldo hacen este trabajo de destrucción de caracteres, honras e imágenes públicas en las redes.

El zutano, precandidato del partido tal es un comerciante de la política y ha transado su participación otorgando puestos y dando prebendas a parientes y asociados de quienes han llegado a engrosar su movimiento. ¿Hay algún cuestionamiento a sus objetivos, planes o proyectos? No, claro que no. Nadie analiza lo que no entiende en sus raíces, sus coyunturas ni sus consecuencias. ¿Empleo público? ¿Déficit fiscal? ¿Reactivación económica? ¿Podrá ese precandidato lograr todo eso? Nada de nada de esto se debate, se expone ni se explica a quienes habrán de escoger entre candidatos.

El perencejo, precandidato de aquel partido cuyo nombre he olvidado es un arribista, un aprovechado y su esposa una repugnante. ¿Sus planteamientos e ideas son adecuados para solventar la problemática que enfrentamos? Eso nadie lo piensa, lo discute ni lo analiza. Es capaz de que, si pensara y reflexionara sobre los planteamientos de los políticos, me dijo alguna persona, terminaría por convencerme quien busco descalificar. El cinismo es descarado. Los mercenarios en las redes buscan acabar con los adversarios a como dé lugar, aunque acaben con el sistema.

¿Para qué hacemos campañas, para destruir personas, para llenarlas de lodo, para descalificarlas y espantar de la política a las personas capaces con destrezas suficientes para gobernar? ¿Para qué hacemos campañas políticas, para conocer las destrezas y capacidades para gobernar de quienes han sido postulados o están en proceso, o para simplemente engañar, insultar, descalificar, mentir y enlodar? ¿Cuánto gasta el país en las campañas electorales en Deuda Política? ¿Qué sentido tiene gastar para deformar a los votantes, para embrutecerlos?

Las campañas políticas han sido desde siempre un campo de batalla, pero han sido el terreno para conocer las facetas y destrezas, planes y programas, capacidades y objetivos de quienes habrán de dirigir los asuntos comunes. Las cosas están cambiando y los planes de muchos son de invención, los proyectos de otros son de mentirillas, la confianza en quienes los proponen se ha perdido y el electorado ahora señala al TSE por presuntamente no cumplir con sus deberes. ¿Cuáles deberes? El TSE no puede ir más allá de la ley electoral y de las acciones y objetivos establecidos en la legalidad para su acatamiento obligatorio. En las instituciones públicas la ley señala lo que estas pueden hacer, nada más, nada menos.

Muchos costarricenses quieren que la ley regule las candidaturas, establezca requisitos para los candidatos sin pensar que es a ellos a quienes corresponde justamente escoger luego de analizar. Nadie logrará por ley sustituir la reflexión serena y el análisis que lleven a una buena elección. Insultar, vejar, destruir ni difamar no resuelve esto.

Los costarricenses tenemos que cambiar. Insultando no lograremos escoger a quien realmente podría llegar a ser un gran presidente. Descalificando sin analizar programas, soluciones ni alternativas volveremos a escoger un “rey feo” o simplemente un inútil simpático.

Escuchando a los críticos, los candidatos propuestos deberían todos sin excepción estar tras las rejas. Eso no es cierto ni admisible. Un país que destruye a quienes desean construirlo no sale adelante. Un país que permanece en la crítica destructiva sin profundizar en las soluciones ni en las destrezas de los llamados a ser quienes resuelvan los problemas está acabado.

Emilio R Bruce Profesor





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