Claudia Barrionuevo

Claudia Barrionuevo

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Lunes 11 Marzo, 2013

Si nadie comprende que el país no es de unos pocos sino de todos, alguna vez los oprimidos encontrarán a alguien que los represente, los escuche, los entienda. Aunque no nos guste


¿Bueno o malo?

Un alumno muy joven me acorrala: “Profe, para usted, Chávez es ¿bueno o malo?” Mi cerebro trabaja a mil antes de elaborar una docena de respuestas que espero sean “políticamente correctas”.
Lo primero que intento hacer, en este o en un sinnúmero de casos, es apelar a la relatividad, maravillosa herencia que nos dejó Einstein. ¿Quién es TAN bueno? ¿El Papa? ¿Quién es TAN malo? ¿Un asesino en serie?
Luego trato de recurrir a la perspectiva (que siempre es subjetiva). ¿Bueno, según quién? ¿Malo, según quién?
En seguida quiero entender de dónde viene la apreciación del chico: ¿de sus padres?, ¿de los medios de información?, ¿de las redes sociales? Todas y cada una de estas fuentes están teñidas de un sinfín de relatividades y perspectivas: de subjetividades ideológicas.
Entonces enfrento la tarea ante el casi púber estudiante con la mayor objetividad posible. A ver: 14 años en el poder ganando elecciones democráticas probadas por organismos internacionales. ¿Que a los pueblos los engañan? ¿Que los electores se equivocan? ¿Que la publicidad manipula? Sí, en efecto. Igual en Venezuela, que en Costa Rica, en Chile o en Nicaragua.
Comento la “marea roja” que acompañó, sufrió y lloró la muerte de Chávez. ¿Populismo? ¡Seguro! ¿Consecuencia de una serie de circunstancias? ¡Sin duda!
La primera vez que viajé a Caracas —hace más de tres décadas— tenía la edad de alguno de mis alumnos; mi papá: la mía actual. Como don Leopoldo siempre fue un ocurrente, decidió infartarse en Venezuela.
Viajar de San José a la capital de la ahora República Bolivariana, fue un shock. Se los aseguro. Aún puedo verme joven, indefensa y sola en una ciudad que, en aquel entonces, tenía más autopistas y lujos que Buenos Aires y muchos más tugurios e inseguridades que San José, mis dos ciudades referenciales.
Estaba clarísimo que el dinero les sobraba —y mucho— a algunos pocos venezolanos y, también, que la miseria de la mayoría de ellos los rodeaba a todos. Ya entonces la inseguridad ciudadana empezaba a sentirse fuerte en ese país.
Todavía tenía industria: ¡fabricaban sus propias Barbies! Tenían diseño y marcas. ¡Contrataban a artesanos italianos para fabricar sus zapatos de cuero de primera calidad!
Pero el petróleo sobraba. No hacía falta mantener la industria ni la producción. ¿Y la miseria? Problema de los miserables…
Hablo de los años 80 y de ahí en adelante.
Cultivar tugurios tiene consecuencias. Los olvidados no olvidan. Pueden equivocarse en la democracia, así como nos equivocamos todos. Pero si nadie hace nada para recordarlos, para darles el espacio que se merecen, si nadie comprende que el país no es de unos pocos sino de todos, alguna vez los oprimidos encontrarán a alguien que los represente, los escuche, los entienda. Aunque no nos guste.
Si no pensamos en el colectivo, en la mayoría, en los demás, ¿qué respuesta les podemos dar a nuestros hijos, alumnos, jóvenes?
¿Chávez, bueno o malo? No estoy en capacidad de definirlo.

Claudia Barrionuevo
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