Miguel Angel Rodríguez

Miguel Angel Rodríguez

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Lunes 26 Junio, 2017

Ante el cambio climático

La respuesta internacional y doméstica a la decisión del presidente Trump de retirar a EE.UU. del Acuerdo de París es estimulante, y permite recuperar el optimismo de que la humanidad sabrá evitar las más negativas consecuencias del calentamiento de nuestro planeta. Aunque para lograrlo este acuerdo se queda corto, pues los recortes de emisiones voluntariamente propuestos por los países son menores al objetivo establecido.

El razonamiento del presidente Trump deja de lado las conclusiones del método científico aplicado al cambio climático.

La comunidad científica ha podido acumular ya tanta información que no puede rechazar la hipótesis de que vivimos un acelerado cambio climático (el 97% de los científicos concuerda que el cambio climático es real e inducido por las actividades humanas: Panel Intergubernamental de Cambio Climático de Naciones Unidas). Esto no simplemente señala lo que ha ocurrido en estos años pasados. Esta constatación justifica la conclusión de que —de no cambiar la conducta humana— el calentamiento de la Tierra seguirá aumentando. De ahí, con facilidad, los científicos pueden modelar lo que serían sus consecuencias respecto al nivel de los mares y la afectación de diversas zonas climáticas, con sus negativos efectos para las condiciones de vida en nuestro planeta.

Como el naturalista Bill McKibben señala en un artículo en el NYT el pasado 1° de junio: “Hemos visto en 2014 un nuevo récord global de temperatura, que fue superado en 2015 y de nuevo superado en 2016. Hemos observado la desaparición del hielo en el Mar Ártico a un ritmo récord y también la desintegración de las grandes capas de hielo de Antártida. Se han registrado aumentos alarmantes de sequías, de inundaciones y de incendios forestales, y se ha podido relacionar esas calamidades directamente con los gases de invernadero que hemos enviado a la atmósfera”.

Además de resultado de la aplicación del método científico, el Acuerdo de París es una muestra de los frutos que se obtienen mediante la negociación y el acuerdo entre las personas, y la diplomacia paciente entre las naciones. Y debe reforzarse ese camino pues falta un buen trecho para llegar a la meta.

Hasta ahora no ha sido para nada un camino ni fácil, ni rápido. En 1992 en la Cumbre de la Tierra en Río de Janeiro se suscribió la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático. No fue hasta 1997 que se suscribió, para dar operatividad a esa convención, el Protocolo de Kioto sobre el cambio climático que estableció límites a las emisiones de gases contaminantes. Ese protocolo suscrito por 187 países pero no por EE.UU., entró a regir en 2005 y ha sido extendido hasta 2020. Busca la disminución de las emisiones de carbono de los países industrializados, ya que ellos eran los responsables históricos y los más grande emisores. Los países de renta media y menos desarrollados, en el marco del Protocolo de Kioto no tienen obligación de disminuir sus emisiones.

Finalmente en la COP21 en París se logró el acuerdo voluntario de restricciones, su verificación, y fondos para implementar las medidas con la aprobación de todos los países salvo Siria y Nicaragua. Todos los países tienen la responsabilidad de disminuir emisiones y se comprometen a metas globales de disminución. El Acuerdo de Paris, que es un acuerdo voluntario, busca para 2020 tener un marco vinculante y medible, y tiene como objetivos: 1) que el pico de generación de emisiones globales de carbón se dé en 2020 y que por los compromisos de todos los países no se superen los 2 grados de aumento de temperatura global (para lo cual serían necesarias restricciones de emisiones mayores a las propuestas por los países); 2) que todas las naciones cooperen en la adaptación al cambio climático y en particular en ayudar a las naciones más vulnerables como los Estados Isla ; y 3) que se destinen alrededor de $100 billones al año (el 0,05% del PIB Global) en las acciones de mitigación y adaptación a partir de 2020.

La respuesta de otras naciones e interna en EE.UU. a la decisión del presidente Trump, es redoblar esfuerzos para actuar según los dictados del método científico y los resultados ya alcanzados por la negociación y la diplomacia.

Se necesitan decisión y sacrificio presente de todos los países para trocar el Acuerdo de París por un nuevo instrumento internacionalmente ejecutable, que gradualmente incremente los compromisos de reducir contaminaciones, y sustituya el protocolo de Kioto a su vencimiento en 2020.

Además y como ya lo han señalado muchos gobiernos estatales y de ciudades, así como empresas y científicos de EE.UU., el sistema de pesos y contrapesos de esa democracia les permitirá seguir contribuyendo efectivamente para alcanzar al menos las metas del Acuerdo de París, cuya concertación tanto debe a nuestra muy distinguida compatriota doña Christiana Figueres.