Nuria Marín

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Lunes 2 Agosto, 2010


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Alto a la violencia

En días recientes un estudiante mató a la directora de su colegio. Esta es la punta del iceberg de un país de paradojas que le clama paz al mundo pero que diariamente navega en las turbulentas aguas de la inseguridad, la violencia y el miedo.
El tema va mucho más allá de la inseguridad ciudadana, que sí juega un papel importante, pero no es el único factor. La realidad es que vivimos inmersos en múltiples focos de violencia que nos convierten en peligrosas ollas a presión.
Hay violencia en los hogares como lo muestran las miles de denuncias anuales, ingresos de niños agredidos a los hospitales o los frecuentes femicidios. Existen también las agresiones ocultas y solapadas, las sicológicas o patrimoniales o la convivencia sin respeto.
Hay violencia en los barrios y comunidades, como lo mostró recientemente un reportaje sobre el importante número de procesos en los tribunales originados en disputas o desavenencias vecinales.
Las escuelas y colegios, otrora centros de crecimiento y formación personal, se han convertido en recintos de peligro donde se hace necesaria la revisión de mochilas y bultos en busca, entre otros, de droga o armas.
Nuestra colapsada infraestructura vial, inexistentes ciclovías, escasos puentes peatonales, creciente flotilla vehicular, unida a una agresiva población de conductores pasivos han convertido a nuestro país en uno de los líderes en muertes y accidentes en las carreteras.
Por otra parte, muchos de los medios de comunicación, así como las industrias cinematográficas y de videojuegos no hacen más que alimentar la hoguera al caer en la explotación de los antivalores, el amarillismo y la violencia.
Violencia hay también con la vil utilización de la imagen de las mujeres por algunos medios de comunicación o campañas publicitarias que refuerzan estereotipos de discriminación y estimulan más violencia.
El temor a perder el empleo, las presiones por una fuerte competencia, la desconfianza, unido a la falta de valores y problemas de convivencia han hecho que muchos lugares de trabajo se conviertan en verdaderos campos de batalla, que no hacen más que alimentar el peligroso círculo de violencia.
Para hacerle frente a un problema de esta magnitud y recuperar esa paz que nos caracteriza en el exterior, será necesario desarrollar una gran alianza nacional en la que todos y cada uno pongamos nuestro granito de arena.
En esta alianza serán necesarias las acciones y cooperación de múltiples actores, entre ellos el Estado, el sector privado y la sociedad civil, los padres, madres y educadores, los líderes comunales y espirituales, los medios de comunicación, etcétera.
Pero qué importante comenzar con nosotros mismos, desarrollando una mejor actitud de respeto y diálogo hacia la familia, vecinos y compañeros de trabajo, mejorando nuestros hábitos en las carreteras, o bien desarrollando hábitos de consumo más reflexivos y exigentes con la fuerte convicción de que sí podemos hacer la diferencia.

Nuria Marín