Vilma Ibarra

Vilma Ibarra

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Miércoles 26 Mayo, 2010


Hablando Claro
Altísimo costo

Aquel diputado oficialista se atrevió a confesar a algunos amigos que levantarse para avalar con su voto el aumento salarial lo hizo sentir miserable. No lo dudo. Resulta indigerible que una persona honorable con altas calificaciones humanas y profesionales, llegada hace menos de un mes a desempeñarse en un cargo destinado únicamente a 57 ciudadanos, pueda estrujar así su decoro por la disciplina de “la línea de fracción”.
Ciertamente cada uno de nosotros es amo y esclavo de nuestros actos. Y como el Congreso no es ni más ni menos que la representación de la sociedad, hoy hay quienes celebran el paso adelante en la consecución de su aumento, mientras otros caminan con la cabeza baja por el peso de la voluntad ética mancillada por la voluntad política. Todo es relativo…
Pero el asunto va más allá de los pesares y los júbilos de los legisladores. No es necesario hablar de los opositores al alza aunque ellos unos por absoluta convicción, otros por expreso cálculo también tengan que sobrellevar una parte del peso de una decisión que por atropellada y absurda pasará a la historia política del país independientemente de su desenlace como el peor desaguisado de un conjunto novel. Es hablando del insoslayable ambiente futbolero como si se tratara de un autogol en el primer minuto.
Y como el juicio político no entiende de particularidades sino que se nutre de generalidades, los diputados 2010-2014 serán (reitero, independientemente del final) los que llegaron a servirse con la cuchara grande o para complacer al más sesudo “a cambiar el mecanismo de retribución” de las onerosas faenas diputadiles….
Allá, al otro lado de la semántica y de los eufemismos, en un lugar cada vez más reconocible se ubica el descontento convertido en malestar. Por la impotencia de hacerse escuchar, por el implacable maltrato y el atropello a la sensibilidad ciudadana. No nos vamos a rasgar las vestiduras. El aumento salarial de los diputados no es un acto corrupto. Es tan solo un acto político estúpido. El problema es que para efectos del daño a la institucionalidad democrática, la diferencia poco importa. Max Weber decía que “no hay ética en el mundo que pueda sustraerse al hecho de que para lograr fines buenos deba recurrirse a medios moralmente dudosos” y mucho antes, Montesquieu sentenció que “la democracia se convierte en el peor de los regímenes si carece de lo que probablemente es su requisito básico: la virtud”.
Perdemos la virtud política. O más bien, la dilapidamos. La falta de ética no es una cuestión normativa. Es la sangre de la vivencia democrática cotidiana. En la política y fuera de ella. Y esa vivencia que hoy expresa malestar contra la política y los políticos porque la exigencia de mayor eticidad no encuentra el eco necesario, se convierte en un simbolismo inútil de lo que debería ser. No de lo que es.

Vilma Ibarra