Rodolfo Piza

Rodolfo Piza

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Miércoles 27 Enero, 2016

 En lugar de darles lecciones, empecemos por adaptar la educación a sus prioridades, por eliminar regulaciones y cargas que les dificultan emprender, encontrar trabajo o adquirir una vivienda

A ver si entendemos: los jóvenes son mejores que nosotros

Casi una cuarta parte de este país tiene más de 18 y menos de 35 años.
En general, son menos pobres que sus padres. Casi todos nacieron en un hospital y recibieron sus vacunas antes de los cinco años. Sobrevivieron mucho más al primer año de vida. Tienen una expectativa de vida más amplia que la que tenemos nosotros (vivirán, seguramente, muchos años más). Tuvieron, y tienen, más oportunidades de estudio, más años de escolaridad y muchos más títulos universitarios.
Muchos jóvenes de hoy se mantendrán activos y saludables después de los 70 años. Nacieron con las computadoras, conocieron internet en la niñez y accedieron temprano a los teléfonos inteligentes y a las tabletas (tablets). Las muchachas, las minorías raciales, religiosas o sexuales, tienen mayores niveles de libertad y de igualdad, que las que debieron enfrentar generaciones anteriores.
Entonces, ¿por qué sienten cierta “alienación” o angustia sobre su futuro y por qué les cuesta más encontrar trabajos formales y dónde vivir?
La legislación laboral, en su afán de proteger a los que ya tienen brete, impone barreras a su contratación (no es casualidad, que soporten mayor desempleo). Las viviendas les son más inaccesibles, porque se han impuesto regulaciones urbanísticas y municipales que aumentan artificialmente los precios, en perjuicio de los jóvenes que quieren construir o alquilar sus primeras casas o apartamentos. Ello los obliga a quedarse más tiempo en la casa de sus padres.
Quieren formar su familia, pero la perciben diferente y no tienen tanta prisa como tuvimos nosotros. Son más telegénicos e internautas que nosotros y les gustan más las imágenes y los textos cortos (generación del Twitter, dirán).
Son más rebeldes y no le tienen tanto miedo al cambio. El pasado y el futuro les parecen lejanos; están más comprometidos con el ambiente, con los animales y con las que consideran causas nobles. Pasan de la política tradicional, de las elecciones y de lo políticamente correcto, pero les gusta manifestarse sobre temas sociales y políticos en sus páginas de Facebook o firmar peticiones en internet. Si participaran y votaran más, tendrían mayor influencia.
Son más escépticos sobre el papel del Estado y los discursos altisonantes les dan pereza, pero en su frustración con el sistema, pueden comprar mensajes “antisistema” y podrían ser víctimas de la demagogia populista y de movimientos “revolucionarios”.
Tienen menos experiencia, sí, pero mucho más entusiasmo y capacidad de adaptación (¿no es de eso que se compone el éxito?).
El “Economist” (enero 23, 2016), nos recuerda que los “millennials” son más inteligentes y mejor educados; pero los mayores les dificultamos alcanzar su potencial y encontrar trabajo; que sus esperanzas chocan cada día con más barreras y que el mundo sería más justo, si ellos asumieran antes la dirección.
Por ello, en lugar de darles lecciones, empecemos por adaptar la educación a sus prioridades, por eliminar regulaciones y cargas que les dificultan emprender, encontrar trabajo o adquirir una vivienda. Poco más, nada menos.

Rodolfo E. Piza Rocafort