Durante generaciones nos enseñaron que el destino ideal de una mujer era casarse, tener hijos, mantener impecable su hogar y cuidar a su marido hasta que la muerte los separara. Ser abnegada, fiel, comprensiva y sacrificada parecía garantizar una vejez tranquila, pero ninguna de esas virtudes asegura respeto, compañía ni felicidad.