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Vericuetos

Tomas Nassar [email protected] | Jueves 21 febrero, 2008


Vericuetos

Tomás Nassar

¡Qué tirada más grande! Acabo de confirmar lo peligroso que es leer cualquier cosa que le llega a uno a las manos. A mí, que me da por ojearlo o leerlo todo, ya me parecía que hay cosas de las que es mejor apartar la vista, no vaya a ser que nos llevemos un impacto emocional de trágicas proporciones. Folletines de paradisiacos parajes, rodeados de transparentes aguas y colmados de palmeras “borrachas de sol”, en los que se deleitan famélicas y casi transparentes doncellas que dormitan en hamacas arrulladas por la brisa del atardecer, con el más maravilloso y lujoso yate de fondo. ¿Cómo no me voy a sentir desgraciado por mi infame realidad viendo semejantes imágenes, sentado en una tuca en el muelle del ferry, a la entrada del estero de Puntarenas, con un calor endiablado, un zancudero que no es jugando y un tufo inaguantable? ¿Entienden a lo que me refiero? Que algún psiquiatra me explique cómo se puede ser inmune a semejante shock sin caer en una depresión de esas que se lo pueden llevar a uno a la tumba.
La cosa es que llegó a mis manos un catálogo de “perfumes y fragancias” y, como quien no quiere la cosa comencé a ojearlo. El ejercicio hubiese sido inofensivo si no hubiera caído en la tentación de leer la descripción de cada una de esas esencias maravillosas. Mi vida dio un giro de 180 grados.
Justo yo, el peor cliente que pueden tener las casas de fragancias, que si acaso he entrado una vez en mi vida a una perfumería, y posiblemente para pedir el teléfono, tenía que cometer tal imprudencia.
Quedé absorto al comprobar mi total estulticia; incapacidad para entender ese lenguaje metafísico y para realizar en mi mente las escenas propuestas. Vean a lo que me refiero: “código de elegancia, sofisticación y misterio glamoroso”; “para un hombre seductor, intenso y provocativo”; “para el hombre moderno, urbano y sofisticado”; “invitación a escaparse a la Isla Paradisíaca”; “escapa al mundo de la libertad”; “audaz y espontánea”; “con un toque de irreverencia”; “jovial y pícara”; “un frescor chispeante y vivificante, armonía única de cada individuo”; “el resto depende de ti”; “como la travesía de la vida”; “su corazón tiene la cordialidad del clavo”; “para el hombre exitoso y balanceado”; “te vuelve la boca agua con la profundidad y sensualidad de las notas golosas”; “fragancia espontánea, sexy propia para el hombre que vive el presente”; y la más insinuante, la que me produjo la total frustración por no haberla descubierto antes: “úsala y sé feliz”. Tantos problemas y malos ratos me hubiera podido evitar si hubiera conocido ese producto mágico y maravilloso cuando me sonaban en los exámenes o cuando me ganaba una zarandeada de Padre y Señor nuestro, y no precisamente por bien portado.
¿Entienden ahora la congoja de no saber dónde queda esa tal Isla Paradisíaca, y de no sentir el deleite de su esencia mágica?
¿Pueden comprender la frustración que siento por haber tenido que vivir sin saber que “la vida es un perfume” y que pude haber sido “irresistible, moderno, audaz, independiente, y… feliz” si hubiera leído ese folletín antes? ¡Qué desperdicio!
Ya saben, cuidado con lo que leen.