Vilma Ibarra

Vilma Ibarra

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Miércoles 22 Abril, 2015

Hay que asegurar la producción abierta de los cementos, para que en verdad haya libre competencia
 


Hablando Claro

Una de cal y otra de arena

El Ministro de Economía, Industria y Comercio, Welmer Ramos, acaba de anotarse un logro digno de reconocimiento con una decisión de política pública valiente que endereza los parámetros convenientemente rigurosos y específicos, pero también inflexibles, que impedían la comercialización en el país de cemento extranjero.
Se trata de producto proveniente de China, al que se le quiso endilgar el estigma de la mala calidad, pero al cual le aplicaron las pruebas necesarias para determinar fehacientemente, de acuerdo con el MEIC, que sí posee, entre otras características, resistencia a la compresión, elemento imprescindible para asegurar las estructuras.
La batalla de los importadores de Sinocem (que en su día perdió tras un penoso vía crucis Cementos David) para demostrar que su producto reúne los parámetros de calidad de los cementos comercializados no solo en Asia, sino también en la Unión Europea y hasta en la sísmica California, ha derivado en una primera victoria para el consumidor, pues se espera que el precio del saco de 50 kilos se reduzca en alrededor de un 20% respecto del cemento producido localmente.
Ahora bien, es necesario preguntarse si al primer paso dado por la Administración Solís habría que imprimirle uno más (pareciera ser el momento) para que el tan esperado juego de precios libres en el mercado de cemento no sea flor de un día. Es decir, hay que apuntar hacia las condiciones normativas que permitan impactar el precio no solo sustancialmente, sino también de manera sostenible. Para ello, será necesario que el MEIC introduzca los correctivos necesarios para autorizar de una vez por todas la producción de cemento a partir de materias primas que hasta ahora no se han utilizado en el país dada la regulación inflexible que hemos tenido, no por asuntos de calidad, sino por haber sostenido una estructura de mercado en la que se ha mantenido por mucho tiempo, al menos tácitamente, una muy posible colusión (acuerdo anticompetitivo).
Ahora repito, se ha dado un primer paso en la dirección correcta. Pero si no se prosigue en la revisión de las normas supuestamente “técnicas” que en el pasado reciente han servido de barreras para la incursión de competidores, a la vuelta de pocos años se podría terminar ajustando el precio de nuevo hacia arriba a favor de los productores-distribuidores.
Por eso hay que asegurar la producción abierta de los cementos, para que en verdad haya libre competencia.
La del cemento obviamente fue la de cal. La de arena, sin duda es la del arroz, cuyo obsoleto esquema de precios sigue amarrado para beneficiar especialmente a unos cuantos industriales y un grupo de productores, en contra de 4 millones de consumidores que comemos 18 mil toneladas de arroz al mes en un mercado que según el ministro Ramos es inelástico porque los comensales del grano pagaríamos cualquier precio con tal de seguirlo teniendo en la mesa. Lo cual, a juicio de los especialistas, es falso.
Tanto servirían a los consumidores —argumentan— las valientes políticas públicas recientes en cemento, como en arroz. El debate está abierto.

Vilma Ibarra