Vilma Ibarra

Vilma Ibarra

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Miércoles 12 Enero, 2011


Hablando Claro
Tiempo

Sabemos que algunos de los placeres de la vida son gratuitos. Lo sabemos pero lo olvidamos. Absorbidos por una vida acelerada y permeados por la voracidad del consumo hemos ido perdiendo la capacidad de relajarnos y disfrutar realmente de cosas pequeñas pero necesarias, gratuitas pero paradójicamente inalcanzables por “falta de tiempo”.
Sentada con mi hijo menor en una modesta barcaza en el Golfo de Papagayo un atardecer esplendoroso de la semana pasada, asistiendo al doble espectáculo de un mar calmo repleto de rayas juguetonas y una lluvia de estrellas que fueron apareciendo tímidamente en el cielo hasta colmarlo todo, respiré profundo muchas veces para absorber con conciencia plena los instantes preciados que la vida me estaba proporcionando.
Ni más ni menos que la felicidad de un instante; el recuerdo imborrable en la mente y los sentidos de la brisa en el cuerpo, el olor del agua y el regalo a la vista.
Por estos días todos los que podemos y que además adquirimos conciencia de su valor nos regalamos tiempo.
Probablemente uno de los “bienes” más preciados y escasos de la vida contemporánea. Por supuesto que hay quienes no tienen la posibilidad de darse tiempo transformado en un pequeño o gran viaje a la playa simplemente porque no tienen recursos económicos para hacerlo. Pero acerca de lo que quiero llamar la atención es precisamente respecto de la paradoja que implica para muchos tener los medios y no hacerlo. No proporcionar a sus hijos la alegría de compartir una pequeña aventura, reír juntos y descubrir la maravilla de nuestros recursos por falta de conciencia acerca de lo que es realmente importante.
No disfrutar del aquí y el ahora. De nuestra mutua compañía. De la placidez del estar, solo por el disfrute de permanecer de cara al viento fundido en un abrazo filial en un instante que perdura por siempre.
Y lo traigo a colación porque en medio de nuestros avatares cotidianos es imperioso que nos demos tiempo. Tiempo para nosotros mismos y para nuestros seres amados. Tiempo para conversar en calma. Sin la prisa y la presión habitual que nos convierten en mamás irritadas por el agotador ejercicio de nuestros tres turnos de trabajo o en papás ausentes por mil razones todas traducidas finalmente en justificaciones que no llenan el vacío de hijos e hijas que van solos por la vida, muchas veces con todas las necesidades cubiertas, pero desprotegidos de lo esencial: el amor de sus padres. Amor traducido en tiempo. En acompañamiento y escucha. En abrazo y protección. Algo mucho más caro y preciado que todas “las cosas” con que les estamos intentando compensar lo que a muchísimos les resulta imposible acceder: nuestro tiempo.

Vilma Ibarra