Pedro Oller

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Martes 2 Diciembre, 2008

Sin aviso ni advertencia

Pedro Oller

De forma absolutamente imprevista y arbitraria — para quienes transcurrimos por la carretera Próspero Fernández—, las autoridades del Ministerio de Obras Públicas y Transportes (MOPT) decidieron (1) la colocación de reductores de velocidad en el puente sobre el río Virilla, (2) la reducción de los carriles a uno solo y (3) el cambio de parecer en menos de una semana. El caos vial resultante no se lo saltaba un enano hasta que, albricias periodísticas, los reductores desaparecieron como por arte de magia.
Las justificación, una vez que la nota periodística provocó una respuesta y no antes, resultaba absolutamente válida. No obstante, la tardía reacción y el abuso en omisión —tan típico de este gobierno que hace, no cuenta y después justifica— es reprochable.
Muy bien, y necesario, el salvaguardar la integridad de los trabajadores. Nadie lo discute. Sin embargo, los empleados están sin mayor protección desde que los trabajos han iniciado. Con frecuencia se ven deambulando incluso en zonas de alto riesgo vehicular sin ninguna protección y sin que, de forma clara, se haya establecido una salvaguarda más allá de mojones plásticos que son también potenciales proyectiles de ataque a vehículos y personas por igual.
Muy bien está reducir la velocidad en una carretera que, en construcción, se ha convertido en laberinto de difícil sorteo. Y así, al momento de la decisión, los accidentes han sido frecuentes y (salvo que me falle la memoria), gracias a Dios ajenos de víctimas fatales. Mas no por la correcta señalización o por la abundante información que en torno al proyecto constructivo tenemos quienes transitamos la ruta.
Se pregunta uno, ¿qué otras opciones a los reductores de velocidad existían? Dado que el MOPT optó por implementar y eliminar sin informar, las respuestas quedan en el aire. Mas no las presas.
¿Dónde quedó la restricción vehicular? De impensable resultaría que ese criterio, que leo podría ampliarse a Heredia y Alajuela, no fue objeto de valoración. E igualmente impensable el que, ayunos de ideas, se haya optado por una medida que cual cuello de botella solo exacerbó el problema de flujo vehicular en regiones tan remotas pero igualmente conectadas, como la Uruca.
¿Y qué pasará cuando, no obstante la objeción vecinal (disímil a la del Estadio Nacional, de unos pocos y prepotentes que tampoco eran vecinos) el tramo del MAG a la Universal —decidido desarrollar en paralelo— empiece a incomodar? Para quienes ahorita solo tenemos la(s) carretera(s) a Escazú y Santa Ana de vía crucis, lento pero seguro, el desastre alcanzará dimensiones apocalípticas.
Mi queja fundamental tenía que ver (hasta que el tránsito se coartó) con la señalización de una ruta que cambia semana a semana y que, como el sábado 15 produjo un vuelco y heridos a las 11 p.m. que se pudo evitar. Es deber del MOPT ocuparse de este tema, de la seguridad de los operarios y —sobre todo— de no sacrificar una de las pocas vías de acceso a Santa Ana. El encargo queda, sobre todo de cara al empecinamiento de desarrollar dos proyectos grandes cuando aquí no podemos ni con un puentecito.