Natalia Díaz

Natalia Díaz

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Jueves 19 Abril, 2018

Reflexiones sobre el elector costarricense

Mucho más de 2 millones de costarricenses asistieron a las urnas electorales en la segunda ronda para definir a cuál candidato le otorgarían la responsabilidad de dirigir los destinos de la nación para el próximo cuatrienio.

Se trató de una propuesta entre dos personas jóvenes, nuevas en el ambiente político del país y con representación de partidos políticos de más reciente trayectoria: uno mucho más que el otro.

Por varias décadas, y quizás desde la última vez que se rompió el orden constitucional, un muy fuerte bipartidismo guio a los costarricenses en sus decisiones electorales. Este se afincó en los connotados liderazgos de don José Figueres y don Rafael Ángel Calderón, a través de sus sólidas fuerzas partidarias —independientemente de cómo se les han llamado—, en el sustento ideológico de cada una, o en su impacto en la vida de las familias de este país y aún en la misma costumbre. Cualquiera de estas razones, o varias de ellas juntas, hicieron que de manera consistente el costarricense, en mayor porcentaje, estuviese orientado a expresar su voto por alguna de estas fuerzas mayoritarias que representaban el Partido Liberación Nacional y la Unificación Nacional o su equivalente opositor a lo largo de los años. Esto matizado siempre por organizaciones minoritarias de izquierda o algunas otras que lograban manifestarse en pequeñas respuestas.

Pero es especialmente con el siglo actual que se evidencian, de manera inicial, fuerzas partidarias nuevas, que van en ascenso, siendo la del Partido Acción Ciudadana, la que se ha consolidado hasta llegar al ejercicio del Gobierno; la cual en su primer ejercicio recibe el favor para un segundo periodo consecutivo. Entonces el elector no solo castiga a los partidos tradicionales, sino que se atreve, en la última elección, a llevar a segunda ronda, a partidos no tradicionales, liderados por políticos de muy reciente presentación. Y no contentos con ello, el elector se permite reelegir a la única fuerza gobernante fuera del bipartidismo. Esto es romper los esquemas que hemos alimentado por más de cinco décadas.

En este escenario, y como si lo anterior no fuera suficiente, el elector además se desprende de recientes fuerzas que no le han satisfecho plenamente, incluso de algunas que han obtenido importantes respuestas en torneos anteriores, dejándolas casi sin representación alguna.
Esta breve apreciación de hechos públicos y notorios, nos llevan a plantearnos interrogantes de enorme impacto en la vida nacional y especial en la vida política del país, con plena afectación en el quehacer de cada uno de los habitantes de esta patria.

Fidelidades partidarias: estas han sido gravemente golpeadas, arrastrando con ello un menor o ningún peso a las ideologías, a las lealtades a líderes históricos, a identificaciones personales o familiares. Los votos enmarcados por lo anterior han sido disminuidos de manera significativa, dejando que nuevas mayorías decidan. De ahí la grave situación del conocido bipartidismo, que no comprende el nuevo escenario político del país.

Reelección en primera oportunidad: Haber dado la confianza a un partido que por primera vez alcanzaba el ejercicio del Gobierno, para reelegirlo, es sinónimo de que el elector nuestro es capaz de correr riesgos políticos impensados anteriormente —sin perjuicio de las justificaciones que tenga para ello—.

El elector se adueña de su voto: Obvio que es así. Sin embargo, el nivel de empoderamiento de este, sobre su decisión para el día de la elección es superior a cualquier otra manifestación en cualquier otro proceso electoral. El elector al final se decantó por lo que incluso, hasta el último momento, fue de algún interés para su decisión. Pudo tener otras decisiones al respecto, pero siempre fue capaz de tomar otra decisión hasta antes de emitir el voto. Quizás tuvo presentes o no “programas de Gobierno”, audacia de los candidatos, equipos de Gobierno, pero también tuvo presentes otros temas y personas influyentes en su decisión. Al final el elector ratificó o modificó su decisión por fuerte que fuera. E incluso, fue capaz de medir el riesgo, pero sin que este pasara de cierto nivel. Arriesgó sacando al bipartidismo, pero no llegó a tanto como para decantarse por quien mostró menores arrestos en el manejo de lo público.

Otros temas captaron la atención para decidir: Nunca antes hemos visto cómo el elector a través de las redes sociales, y distintas manifestaciones públicas, fue partícipe activo o pasivo de los más variados temas, incluso alejados de lo que ordinariamente se consideraba parte de una elección. Es más, en la elección del domingo 1° de abril para el elector fue determinante su valoración del tema religioso, de los temas relacionados con la diversidad y el LGTB, educación sexual a estudiantes, y temas conexos, aborto y matrimonio igualitario, incluso más que las respuestas a los grandes desafíos que tiene el país en lo económico, político, social, ambiental, y demás.

Estos elementos me evidencian que estamos frente a un votante cuyo comportamiento difiere del conocido durante muchos procesos electorales. Las estructuras partidarias del país no son suficientes, las ideologías ya no encantan ni siquiera a los jóvenes, los temas y problemas nacionales tampoco llegan a determinar una decisión. Pareciera que existe una extraña mezcla de los mismos y una valoración novedosa de estos, capaz de cambiar con el paso de los días. Si queremos acercarnos con algún éxito al elector costarricense de hoy, estamos obligados a estudiarlo mucho más y con nuevas herramientas y con mucha innovación en las ofertas políticas. Esto sí es un reto enorme, pero motivante, y estoy convencida de que estamos en presencia de un nuevo paradigma en la escogencia de los futuros rectores de nuestra democracia republicana.