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Domingo, 15 de septiembre de 2019



COLUMNISTAS


Reflexiones: Nuestro modelo de crecimiento se agotó (I parte).

Leiner Vargas [email protected] | Lunes 19 agosto, 2019


Luego de casi tres décadas de empujar el barco en la dirección de la apertura y la integración al mudo, vía liberalización de los mercados y la apertura, estamos llegando a un claro límite en los espacios de expansión del modelo, llamado en su momento de promoción de exportaciones. Los resultados han sido un claroscuro económico y social que paso a describir en estas tres columnas, que ponen el dedo en la llaga de lo que yo llamaría, el agotamiento del modelo de crecimiento económico. Dejaré la última columna para definir lo que pienso debería poder cambiar en la dirección de encontrar una nueva base de crecimiento, que claramente ya no puede seguir siendo la vía fácil de expansión de factores o de eficiencia económica, como ha sido hasta la fecha.

Por muchos años hemos confiado en la apertura y la integración al mundo para crecer y nos hemos tragado con entusiasmo la medicina neoliberal del Consenso de Washington, basada en el desmantelamiento del Estado, el proceso de apertura comercial y la desregulación económica, como medidas para propiciar el crecimiento económico y el bienestar social. Ciertamente, hemos sorteado casi tres décadas de la historia, basados en este modelo de apertura y diversificación de la economía, pero los datos de nuestra frontera productiva dan muestras de estar en el límite del final de esta opción de crecimiento.

Ningún modelo político y mucho menos la democracia, puede sobrevivir de migajas de crecimiento y de excedente económico. Hoy vemos como se nos ha agotado el modelo de crecimiento y los instrumentos que le dieron sustento, el último de ellos, el sistema cambiario, ha caído derrotado por las fuerzas liberales de quienes piensan primero en la estabilidad de precios, más que en la generación de riqueza. En medio de la crítica soberbia y el cinismo de unos pocos evangelistas del mercado, hemos venido derribando las murallas del Estado de Bienestar, principal bastión de la sociedad y de una clase media, casi aniquilada al finalizar esta segunda década del siglo XXI.

Hoy, a punto de cumplir doscientos años de vida independiente, estamos con una economía y una sociedad al borde del precipicio. Nuestra democracia se agita ante los embates de quienes no entienden la importancia de la agenda social y amparados a uso cuantos grillos de momento, apuntalan al poder como único fin, como si el liderazgo fuese solamente ostentar el poder. Nuestra economía sigue atascada en el barro, atada por un Estado inútil y amarrado por todo tipo de ataduras legales e institucionales, desde las ingenuas leyes que lo regulan hasta la captura de grupos de poder con intereses particulares, que corruptamente lo administran. Así las cosas, puentes, carreteras, acueductos, escuelas, puertos, aeropuertos esperan que despierte un Estado que se ha olvidado como hacer obra pública. Conflictos sociales laborales que retoman una versión sindicalista del siglo XX, más ocupada en el salario que en el empleo. Grupos empresariales cobijados al amparo de sistemas oligopólicos que explotan al consumidor, desde el mercado financiero, los mercados de medicamentos y energía, hasta los más importantes mercados de telecomunicaciones y seguros, todos jugando a proteger sus ventajas basadas en precios abusivos y poca competencia efectiva.

Así las cosas, los actores defienden cada uno sus migajas de un pastel que cada vez es más pequeño. Olvidamos cómo hacer política social inclusiva y pertinente, el desempleo y la pobreza repuntan al amparo de un mayor clientelismo político y el barco del país, claramente se encuentra sin timón, sin capitán y a la deriva. Todos contra todos, partidos políticos que ven en el corto plazo la jugada corta o la zancadilla como estrategia de ganar adeptos electorales. Pocos medios de comunicación se salvan en esta vorágine de crítica y de xenofobia, dónde unos y otros se atribuyen la verdad, sin escuchar a los otros y sus propuestas. Ahora, hasta las propias universidades, otrora bastiones de la visión de mediano y largo plazo, buscan esconderse detrás de los muros de cristal, con agendas dobles y con un despreocupante accionar en la sociedad.

Resultado de todo ello tenemos una economía que apenas y crece, altamente endeudada, con indicadores de rezago en áreas claves como la infraestructura, la calidad de la educación y sobre todo, la productividad de las empresas. Estamos viendo pasar las oportunidades del gran cambio tecnológico del siglo XXI, la cuarta revolución industrial. Hemos dejado pasar mucho tiempo con un desempleo que agota las bases de la integración social, nuestro empleo informal crece a galope y la pobreza, la desigualdad y la exclusión social nos azotan fuertemente. Estamos claramente a la merced de una gran crisis social, política y económica.












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