Leopoldo Barrionuevo

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Sábado 5 Febrero, 2011


Elogios
Pude ser Roquentin

Yo estaba predestinado a ser existencialista, tal como lo afirma Víctor Flury, pero no de los sartrianos sino de René Descartes en su afirmación: “Pienso, luego (en consecuencia) existo”.
Debió ser por los años de la Segunda Guerra Mundial, cuando pasaba de la infancia a la adolescencia y me cuestionaba constantemente: quién soy, de dónde vengo, hacia dónde voy, para qué sirvo, cuál es mi destino, realmente ¿Dios existe? ¿Y si uno existe, qué significa ser, es acaso lo mismo que existir?
Cuando concluyó la Guerra llegaron como aluvión los libros de Sartre, Camus, la Beauvoir y se nos hizo claro el existencialismo que a mí me confundió cuando se editó “La náusea” y el Diario inicial, después de Hoja sin fecha, venía encabezado por un día equívoco: lunes 29 de enero de 1932, el día en que nací salvo por un erróneo lunes porque mi nacimiento fue justamente ese día, pero cayendo en viernes.

¿Estaba predestinado a parecerme a Roquentin, el personaje de “La náusea”? En verdad, no, porque el pensamiento del personaje era menos importante que lo que se desprendía de su discurso, de su trayectoria, mostrando a la vida como una náusea, pero lo auténtico es que el hombre existe por sí mismo.
Pero lo que me demostró que no me parecía fue que Roquentin no hace en la obra el más mínimo esfuerzo por entender el valor de lo social, de los hombres, del fin político de la persona; no hace la menor referencia al desarrollo social, al ambiente mundano, a la historia, se concentra simplemente en el individuo que él es y en su desarrollo.
Fue la época de la axila ilustrada, los tiempos de los Cafés como el de Flore, del fumar en pipa que quedaba bien pero era insoportable, de la liberación de París, aunque para nosotros en Buenos Aires eran tiempos de trompadas, manifestaciones, apoyo obrero al coronel, desprecio por la derecha, pero sin muertos, tal vez por el equilibrio entre pro germánicos, fascistas, stalinistas y la profusión de todos los ismos que uno pueda imaginarse, con escasa simpatía hacia los denominados “yanquis” que con Spruille Braden, embajador de USA pero también de la United Fruit a la cabeza de las manifestaciones no peronistas, reunieron a socialistas, comunistas, conservadores, radicales, republicanos españoles, alta burguesía, rancia oligarquía política, ganaderos, industriales y tradicionales explotadores del trabajador en los bosques chaqueños… en fin un pote de lentejas y otros granos que advirtieron a los obreros y la izquierda tradicional que su enemigo no era Perón, sino quienes lo habían esquilmado hasta el hartazgo.
La única revolución en serio que refleja la historia argentina fue en ese año, 1945 cuando el 17 de octubre los trabajadores marcharon sobre Buenos Aires para exigir la libertad de Perón.
Hace poco, se cumplieron 65 años de esa marcha y sus protagonistas desaparecieron del horizonte, el país no ha salido del pantano de haber sido en los años 30 el 5º país del mundo.
Para ser presidente hay que postularse entre la multiplicidad de partidos que se dicen continuadores de Perón, no menos del 80% del electorado, un logro que las huestes de Sartre y Roquentin hubieran deseado desde esa época existencialista, cuando buscábamos identidad en un mundo incierto. Todavía intentamos saber quién somos, hacia dónde vamos y cuál es el camino.
Solo un argentino que lo haya vivido, podrá intentar explicarle qué pasó y hacia dónde va el país, pero pese a la retórica y la sabiduría histórica que adorne sus argumentos, tampoco podrá aproximarse a ayudarlo en una comprensión meridiana del tema. Es decir, lo entienden pero les es inexplicable
Solo podrá decirle que es un país acodado en el pasado que escucha a Carlos Gardel que es francés, discute al Che Guevara, cubano y resiste a un rosarino que se formó en Barcelona como Messi, sin embargo la pasión nacional se concentra en los jóvenes ídolos que no envejecieron como Eva Perón, lo más auténtico que conoció y que se recuerda con nostalgia en el tango, los amigos, la juventud y lo que pudo ser y no fue, pese a que transcurrieron casi 60 años de su desaparición.

Leopoldo Barrionuevo
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